Cuentos

Mi foto
Nombre: Julio Carreras

Autobiografía

Yo había nacido rico. Y existí así hasta mi muerte. Sin darme cuenta jamás. Cuando volví a nacer, en medio de la más árida pobreza, comprendí la fortuna de mi anterior existencia. Gracias a ello, esta segunda vida ha sido más feliz que la anterior.

sábado, febrero 12, 2005

El mensaje

¡Ay del que construye con sangre la ciudad y asienta la capital en el crimen! - Habacuc, 2,12.


1

Un mes hace ya desde que he llegado a Beirut. Después de la primera semana no he dejado de llorar, cada noche. No puede afirmarse de mí que sea un blando. He participado de muchos combates, en mis treintaidós años, he conocido cárceles de las peores. Sin embargo, mi cerebro no ha aprendido a soportar el espectáculo atroz del padecimiento humano.

2

El cargamento que he traído alcanza para hacer volar en pedazos el cuartel general de Obeid, y después derribar algo que pudiera quedar en pie de esta ex-ciudad. No he tomado contacto sin embargo con mi enlace libanés.
Debí de haberlo hecho apenas llegado, pero me detuve por una oscura impulsión. En mi ajetreada vida he aprendido a respetar más mis intuiciones que mis razonamientos, así que decidí esperar.

3

Hace un mes que vago por Beirut. He visto niños y mujeres despedazados por las balas. He visto barrios enteros de pobres chozas convertirse en cenizas bajo los bombardeos. No puedo describir lo que he visto. Supera demasiado mi capacidad de expresión. Hace unas noches me desperté en la mitad de un sopor pesado, sin imágenes, y escuché una voz que me dijo con claridad: -Toma en tus manos el fuego y destruye a Moloch.

4

Nos hemos sentado con Mirnah en lo que otrora fuese una bella placita en medio de la zona de los Hoteles Internacionales. Aquí firmaron autógrafos Omar Sharif y Gina Lollobrígida. Otrora. No sabemos de qué hablar. Nos hemos amado cada día de los quince que hacen desde que la conocí. Me fue imposible evitar pese a ello culminar cada uno de nuestros acoplamientos sin llanto. Para mi sorpresa ella no me consideró un idiota, sino que me apaciguó envolviéndome en silencio con sus larguísimos cabellos, negros, ensortijados. -Ven -me dice de repente, con su voz hermosa- te llevaré con mi familia.

5

El hermano de Mirnah me muestra el funcionamiento de un pequeño fusil de alta velocidad, con sistema láser de ajuste al blanco, que han recuperado de una base norteamericana. Por cortesía me ha dicho que simpatiza con los argentinos, y ha llegado a recitarme unas estrofas del Martín Fierro en francés. No les ha molestado saber que soy católico. Me asombra el modo en que esta gente me acepta en su seno sin indagar. Mirnah tiene evidentemente una gran ascendencia entre ellos. Esa noche cenamos humildemente con un numeroso grupo, en un sótano. Yo asisto con respeto a su sensible ceremonia religiosa, y musito a mi vez el Padrenuestro.
Después de cenar Mirnah me lleva en su moto con silenciador al hotel. Se queda en mi piso hasta la madrugada. Esta vez le ha tocado a ella. Sin comprender, bebo sus lágrimas y trato como puedo de apaciguarla. Me digo que no he visto en mi vida hermosura mayor que la de aquellos ojos grandes color sombra, húmedos con una tristeza que parece venir de la esencia más profunda de la condición humana. Se niega a que la acompañe otra vez, y me deja una opresión en el alma, al perderse entre la llovizna en la ciudad escombrosa.

6

Leo en primera página del An Nahar que el coronel de inteligencia israelí Uri Hirsch resultó muerto, además de otros tres oficiales, en el atentado suicida realizado ayer por el Hezbollah. Los judíos tratan de explicarse cómo hizo para ingresar un automóvil cargado con explosivos en la zona de seguridad. El vehículo estalló al chocar frontalmente contra la camioneta que llevaba al coronel Hirsch, y ambos volaron en pedazos. Lo conducía una mujer, quien luego fue identificada como Mirnah Obahmani, dirigente de una importante columna del Hezbollah.


7

He decidido tomar contacto con los destinatarios del envío que traigo.
Alegando seguir instrucciones solicito una entrevista con el nivel máximo, como condición para entregar el armamento. Me lo han concedido. Cuando llego al suburbio ruinoso y diviso las moles del Ministerio de Defensa, me detengo y, dándome vuelta, pongo en funcionamiento el mecanismo que llevo bajo el asiento trasero del Jeep. A partir de este momento, tendré siete minutos. Exactamente el tiempo que demoraré en llegar al centro. No hay problemas para pasar por los tres controles. La credencial que me ha dado mi enlace vale. El sol del mediodía abrasa despiadado. Siento el sudor correr desatado por mi espalda y mojarme el culo y los testículos. El general Aoun conversa con otro de su rango, bajo un techo de cemento, rodeado de un séquito escudriñador y un bullir de soldados que van y vienen. Enderezo el Jeep hacia él, y luego de poner con un crujido la segunda aprieto el acelerador. Al comienzo hay sorpresa. Luego me apuntan tres, cuatro fusiles. Se astilla por completo el parabrisas, pero ya estoy encima. El vientre se me ha bañado en sangre. Veo la cara de horror de Aoun. No han podido pararme. Por suerte, he entendido el Mensaje.


Fernández, 7 de julio de 1987.

Eufemia

I

¡Ah, tu cabeza me asustó!... Fluía de ella una ignota vida... Parecía no sé qué mundo anónimo y nocturno...
Delmira Agustini

1

Quién iba a decirme que el amor iría a traer aparejada esta angustia, tres amores después de la ida, y el alma que no acierta en la alegría, melancolía, destellos de segundos, más, belleza más perfecta pero no calma el corazón, cada vez. Deambula el espíritu del poeta de aquí a allá sin posarse, las manos, delgadas, largas, y su voz, honda y lenta, ojos de almendra, pelo de cerveza efervescente y esa ausencia, ese silencio, tal vez fuera el camino por el que yo no debiera de haber ido. Tres idas y se repite: de nuevo estoy a las puertas del sepulcro.

2

Pero regreso y te encuentro, inmóvil frente a mí, tu nariz de aletas anhelantes, los labios en serena sonrisa, qué raro, me dices, sí, me parece extraño tu amor, y ya lo creo, puesto que no soy más que la caparazón apenas contingente de un monstruo de mil facciones, sangre violenta y me miras, y tus ojos derraman una pátina de frescor sobre mi escaldada alma, Eufemia, te digo, no entiendes nada, no sabes nada pero sientes o vas a sentir, no sé, eres exquisitamente distante de todo y próxima, en tu alma (sensación de distancia como en el cuadro, en el cuadro del desierto ocre y plano, cubierto de líneas marrones convergentes y mi figura solitaria en algún lugar, mirándote, desde fuera y tú en el horizonte).

3

Alberto encarna el suspiro de un niño nacido en el balbuceo de un pensamiento, Eufemia flota silenciosa en la alborada, a su lado. Los algarrobos sin hojas destejen harina sobre el cielo violáceo; amanece. Flota, tu pelo espumoso, tu velo, celeste, en el aire de la madugada, tus pies largos, tus manos largas. Eufemia. Rodillas agudas y piernas doradas. Se acercan unidos por los hombros a la orilla del agua, luego la muchacha arrima su pie. Se estremece, le mira, riendo (risa de dientes, Eufemia, risa dorada). De pronto, cae. Las manos de Alberto se estiran, horror no puede alcanzarla, Eufemia lentamente cae, flotando y el agua la traga, abajo del río se la ve difusa, figura de pájaro azul que se desvanece horror y Alberto no puede alcanzarla. Después desaparece para siempre.

4

-Has vuelto a la vida puede afirmarse... y lo haces llorando -me dijo Adriana con ademán de perplejidad. -Es cierto. No sé qué me pasa -mentí. Aún tenía el rostro mojado. Me sequé con el borde de la sábana. Me toqué la cabeza con cautela. La tenía cubierta con algo duro. El médico, benevolente, me explicó: -Se la hemos vendado con gasa enyesada, para proteger la zona de la operación.


II

Por ti me duelen los pesados perfumes del estío: por ti vuelvo a acechar los ginos que precipitan los deseos, las estrellas en fuga, los objetos que caen.
Pablo Neruda

1

Que renunciar a ti fue como arrancarme el corazón, no lo sabes. No soportar los tirones de los sentimientos no poder aclarar un camino; los recelos, las miradas, esa maraña interior que laboriosamente ha creado sobre nosotros y en nosotros la Humanidad (Adriana, los chicos, mi madre, mi padre, mis parientes, los parientes de mis parientes, toda la ciudad está llena de ellos aquí y allá, hacia atrás en el tiempo, las paredes están cargadas de sus pensamientos) rostros de humo que sobrevuelan mi ánimo al ir a verte, mi corazón en vez de cantar al cielo se desliza como apesadumbrado, tiene miedo... ¡miedo de amar, Eufemia, estoy loco!... Adriana me mira desde dentro de mí, incapaz de darme alegrías pero bien capaz de impedírmelas, hasta el grado de que no puedo amar, Eufemia. ¿Producirá tal vez un milagro tu voz distante, la no escuchada, o te consumirás callando? La simple enunciación sea quizás una esperanza, acaso no esté perdido mi corazón aún.

2

La sola idea de que me olvides acentúa aquel escocer atávico del alma sin cambiar el escepticismo esencial de mi razón; la voz de tus imágenes se vuelve, por ratos, más verdadera que lo que supuestamente hay de verdad en esto y sin embargo sucede, se arrastra inevitable por entre los segundos, ¡qué pesadez el pensar, Eufemia, si tan sólo pudiera abandonarme a la paz de tu cuerpo, tu flotar; pero ni aun me está permitido en esta cárcel el dejarme ir sin hacer nada! Tanto mi cuerpo como mi pensamiento son ajenos y no puedo remediarlo. A menos que tu amor sirva el milagro de hacerlo todo posible sin mortandad ni violencia, se que yo solo no pudiera; tal cometido excede la dotación que se me dio poseer.

3

No viniste. La plaza estaba llena de ruidos bajo el cielo gris, gente cruzando a mi lado y mirándome -siempre me miran- las torres de la iglesia infladas de luz, sobrevolando el pórtico, tallas barrocas de terminación sutil, vitraux, fragmentos de vidrios astillados por alguna pedrada cruel percibo, la Virgen, no viniste. Mi corazón pese a estar preparado incubó tristeza, la tristeza angustia, melancolía de ti. Luego me fui caminando despacio, por entre el humo de los autos, la niebla, las luces de los comercios, el violeta espeso del cielo.

4

Adriana te sacude tomándote del brazo te sacude con violencia y la miras sorprendida, el corazón lo tengo dentro de esa leve opresión que no cesa, las manos y los pies atados sin poder hacer nada, tiemblas sin defenderte y Adriana sigue su tarea precisa, por fin consigue conmover tu cuerpo y un pedazo de tu cabello, cae, luego tu frente y así de a pedazos vas desmoronándote y por fin desapareces. Al lado se oyen las respiraciones y el silencio, el fru-fru del delantal almidonado de alguna enfermera y esta soledad que no cesa. Adriana se ha ido apenas se desmoronó tu cuerpo, seguramente ha subido satisfecha a su auto gacel, ha viajado las pocas cuadras hasta casa aspirando su propio perfume de colonia y cosméticos y tal vez un cigarrillo francés; mi corazón está aquí de nuevo, junto a lo que no soy, adentro de este cuerpo. ¿Adónde vagarás ahora que no puedo imaginarte?

5

Ella me miró como asombrada con sus ojos café. -¿Te sucede algo? -me dijo. -No sé. Tal vez he estado soñando. Eufemia se quedó mirándome largo rato, junto al río. Yo seguía silencioso. Cuando se me dio hablar, dije: -¡Qué extraño!... Adriana... los chicos... mi familia, la familia de mi familia... ¡parecían tan reales!


Orillas del Limpopo, 6 de julio de 1988.

El día potencial

El hombre abrió la puerta de su casa y salió a la niebla de la calle. Pensó: "qué pesada está hoy la neblina". Los edificios y la vereda parecían flotar. A esa hora ya había mucho movimiento, de gente que iba y venía, de camiones, taxis y colectivos. Eran las ocho y media.
A dos cuadras, cerca de la esquina, había un prostíbulo. Pensó en la ironía de aquellas muchachas, "trabajando" a plena luz, allí. Enfrente, plazoleta de por medio, había un jardín de infantes. Y entre ambos, al borde de la plazoleta, una parada de colectivos, donde esforzadas amas de casa esperaban con sus bolsas sobreorladas por los vegetales, mirando trabajar a las yiritas.
La niebla ocultaba a medias los objetos, como en un sueño. De lejos vio la miniminifalda roja de una de las chicas, asomando. Su compañera permanecía semioculta; se veían las dos cabelleras rubias, a diferente altura, sacudiéndose con los movimientos pásmicos de las mujeres. Aun sin verla del todo reconoció a la de minifalda roja. Era una muchacha muy joven, alta, bonitas, de piernas perfectas: digna de figurar entre las gatitas de Porcel. El hombre se dijo que algún día hasta podría ser capaz de inducirlo a entrar; era bonita de veras. Se preparó, con una sonrisa interior, a recibir las cotidianas invitaciones de las chicas.
-Buen día-, las saludó.
-Buen día tesoro- contestó la más bajita.
-¡Papá!... ­¡Vení!... ­No seas malito!... ­¡Vení, vení, que te como entero, papito!... -exclamó con chasqueante susurro la gatita que a él le gustaba.
Se sintió halagado por aquel tratamiento, declinando pensar que era el habitual, por parte de las muchachas, hacia todo transeúnte varón. Entonces fue que sucedió el primer fenómeno. Cuando iba a posar de nuevo sus ojos en las piernas perfectas, las dos muchachas desaparecieron. Con un "flop", como cuando se desinfla un globo, todo el edificio del prostíbulo desapareció.
El hombre se detuvo alelado. Atinó a estirar la mano, para probar si era cierto aquello. No pudo palpar nada. En el espacio que antes ocupaban el flaco edificio de dos plantas y las chicas, ahora se había formado un vacío oscuro, inundado de niebla.
-Estaré soñando…- pensó el hombre. Y miró hacia el frente, asumiendo un instante el aspecto de quien pide ayuda. Mucha gente esperaba el colectivo. Un grupo de niños jugaban con su maestra, en la plaza. Al parecer nadie había visto lo que sucediera. El mundo estaba en orden; con excepción del prostíbulo y las chicas, todo seguía en su lugar.
Decidió seguir caminando por la vereda neblinosa. La palma de su mano, apretando con exceso la manija del portafolios, empezó a humedecerse. Le dieron ganas de fumar. Tentó en el bolsillo de su saco una forma rectangular; la extrajo. No. Era el portadocumentos. ¿No había puesto los cigarrillos en el bolsillo antes de salir? Miró mecánicamente la foto polaroid:

Nombre: Alberto Uno.
Fecha de nacimiento: 19/09/49.

“Nueve, nueve, nueve. Tres veces tres, por tres”, pensó. “Veintisiete. Otra vez nueve.” Ah. Ahí estaba el quiosco del gringo Pistarini. Se acercó a comprar cigarrillos. El gringo leía el diario.
-¿Cómo le va, profesor? –dijo.
-Bien, ¿y a usted? Demé un Parisién.
-¿Vio lo del crimen de La Calera? ¿Sabe quién había sido? ¿Se acuerda del muchachito ese tan elegante, de aquí a la vuelta, el que vivía sobre Lavalleja? –le comentó sin pausa el gringo, ansioso por compartir la noticia. Alberto Uno se interesó.
-¿Cuál, el buenmocito ese? –averiguó, mientras quitaba la cintita al paquete.
-¡Ese, ese! ¿Se acuerda que todo el mundo decía, qué buen muchacho, tan educado, los padres deben estar orgullosos, trabajaba y estudiaba abog…
Alberto Uno levantó los ojos, sorprendido por la interrupción. No estaba. El gringo no estaba. ¿Cómo podía ser? Metió la cabeza dentro del local, tratando de no aplastar con el pecho las cajas de caramelos y pastillas, pero no. Verdaderamente no estaba. Le volvió a la mente lo de las prostitutas. ¿Qué estaba pasando? Olvidándose de fumar, decidió seguir caminando, aunque con paso lento. Guardó el paquete en el bolsillo del saco.
La calle Rodríguez Peña se poblaba de gente que iba y venía. Era una linda mañana. El sol destellaba, alto ya… pero esa niebla… Era extraño que a esa hora se mantuviera. Se solazó mirando a la gente presurosa, en la acera de enfrente, por entre el tránsito veloz de doble mano. Una muchacha con falda marrón y medias amarillas. Un viejo flaco, de chistera y flor en el ojal… ¡qué personaje!… Un… ¿qué pasa?… otro desaparecido… El gordo monumental, que caminaba haciendo a la gente abrirse a su paso como las olas de un acorazado… no estaba. Pero si él lo venía mirando. ¿Y qué sucedía, que la gente no decía nada, nadie ni se mosqueaba? Se detuvo un momento y se tocó la cabeza. Dura de gomina. “Qué carajo pasa”, pensó. “Me estoy tarando yo, o qué. Aquí está pasando algo. No me falla la vista, porque a la casa de las yiras la quise tocar, y no había nada.”
Siguió caminando, cada vez con menos velocidad. ¿Qué haría?
¿Iría a trabajar o se volvería a su casa? Se hacía tarde. A las nueve y diez tenía la primera hora. Las cosas estaban desapareciendo. Tenía miedo. ¿Y si desaparecía el suelo bajo sus pies? ¿Adónde caería? No, no podía ser. Algo estaba fallando en su mente. Mucho trabajo. Mucha lectura. Pero el argumento le pareció ficticio. Él no trabajaba en exceso. Y lo único que leía aparte de textos resumidos sobre su materia eran historietas. Eso podía ser. El Eternauta. Había leído hacía poco, dos veces, el libro completo de El Eternauta. Solano López, Héctor G. Oesterheld. Pero, ¿podía haber influido tanto en su mente?… Decidió seguir caminando. Era obstinado. Como cualquiera. Es más fácil ser obstinado que no serlo, pensó. Y vio que desaparecía un auto, y otro, pero siguió. Como los perros alemanes a los que ponían una granada al cuello y se iban hacia los tanques, pensó.
De repente apareció ante sus ojos la magnífica vista del puente Avellaneda. Anchísimo sobre el río, gente que iba, gente que venía, autos; un mundo bullendo sobre el puente. Dos Córdobas, una de aquel lado, otra, más provinciana, para éste lado del puente, pensó… qué raro…
En ese momento desapareció el puente. Enterito, como si se lo hubiera engullido el aire. No lo podía creer. Superado su temor por la curiosidad, caminó más rápido, para ver qué había sucedido. Llegó al borde mismo del vacío, adonde había estado el puente antes, y nada. Se agachó y tocó… no había nada. Pero la gente iba y venía, por el vacío, y los autos. Pasó a su lado un muchacho en bicicleta; lo más campante, siguió por sobre el vacío, sin caerse en absoluto. Acompañándolo con la vista lo vio empequeñecerse hasta llegar al otro lado, doblar a la derecha y perderse en la ciudad.
Como un conejo hipnotizado por la serpiente se dispuso a probar consigo mismo aquel portento. Acercó un pie al hueco; luego otro… y se cayó al abismo. Milagrosamente, logró aferrarse con los dos brazos al borde del pavimento, su mano izquierda se atenazó al pie metálico de la baranda... Dos hombres y una señora lo auxiliaron presurosos. Pronto se formó un nutrido grupo a su alrededor. Lo ayudaron a levantarse, la señora le limpiaba el saco con la mano, un hombre decía “no se amontonen, por favor, aire, aire”, otro decía: “a ver, paren un auto”, una mujer elegante le preguntó: “¿Se siente bien, señor? ¿Quiere que lo llevemos al hospital?” “Es un desmayo nomás, ya le pasó”, decía otro. Lo miraban con curiosidad.
-Diganmé, ¿ustedes no ven nada?… en el puente… -exclamó Alberto Uno, pero algo que percibió en los ojos que le observaban le aconsejó no seguir en esa cuerda. En el acto cambió de discurso: -Me pasa con frecuencia últimamente… -dijo-. Mucho trabajo… Me agarró un mareo, veía todo borroso…-. Por suerte, las miradas se tornaron comprensivas.
-¿Quiere que lo acerquemos hasta su casa? –preguntó la señora elegante.
-¡Gracias, gracias! –replicó Uno-. ¡Ustedes son tan amables!
¡Les agradezco mucho pero volveré caminando, vivo aquí, a tres cuadras! ¡Gracias!
Caminó presuroso sin mirar a los costados, sin hacer caso a los vacíos cada vez más numerosos que advertía a su paso. Al fin, llegó hasta la puerta de su hogar. Abrió, se dirigió directamente a la habitación. Allí estaba Elena, durmiendo aún sobre la cama ancha. Menos mal. El camisón se le había levantado casi hasta la cintura, su pierna derecha formaba una gloriosa “V”, con el flanco interno del pie afirmado sobre la rodilla izquierda. Sin proponérselo, se encontró adelantando la mano. Bruscamente se detuvo. Tuvo miedo de que ella también desapareciera. Entonces, vestido como estaba, se acostó sin tocarla, a su lado, y puso el portafolios sobre las piernas.
Durmió cinco minutos. Se despertó sobresaltado, pero Elena seguía allí. Apenas había modificado en unos grados el escaleno curvilíneo que formaba con sus piernas. En ese momento él se movió. Elena se dio vuelta, y lo miró.
-¿Qué te pasa, loquito? –le preguntó. Los ojos le brillaban, con sorna. Alberto acercó una mano temblorosa, y luego de una larga vacilación, le aferró un pecho. Elena se rió a carcajadas.


El joven físico Gustavo Carré vino a confirmar, con la narración que le hizo su amigo Alberto Uno, cierta presunción teórica sobre la cual venía trabajando desde hacía rato. Es la siguiente:
Los objetos y los seres se desenvuelven en dos planos de existencia, complementarios pero impercibidos hasta el momento por la razón. Estos son, a saber, los de la materia potencial y de la materia en acción. Para comprensión de Alberto, que era un lego en asuntos de física, le explicó que ambos planos formaban una entelequia, algo comparable a la cinta sin fin que suele ponerse a los contestadores de teléfonos, y también, en cierto modo, a la de Moebius.
En el plano de la materia potencial se desarrollaban los sucesos de seres y objetos en proceso de energizarse para la acción, es decir, aquellos que iban a suceder, pero no sucedían aún, más que en carácter de ensayos perfectibles. Así, aquellos sucesos podían repetirse una y otra vez, hasta que la carga de energía potencial los capacitase para atravesar el límite sutil que los separaba de la accionalidad (lo que nosotros llamamos comunmente realidad).
La dimensión del segundo plano, la materia en acción, no necesita de explicaciones, pues se trata del que percibimos cotidianamente con nuestros sentidos.
Volviendo al anterior, al de la materia potencial, Gustavo le dijo que una de las líneas del pensamiento humano se desenvuelve de modo asintótico con él. Es la de los proyectos, o de la prospección. Cuando nosotros desde la cama, antes de comenzar el día, programamos las actividades que vamos a desarrollar -dijo Gustavo Carré- estamos realizando, sin tener consciencia de ello, una especie de mayéutica entre nuestro pensamiento y la dimensión de la materia potencial.
El día de aquellos sucesos, por una situación extraordinaria –aunque ninguna realmente lo es, según Gustavo, ya que somos un concierto organizado hasta lo infinitesimal por el Gran Cerebro del Universo- tuvo lugar un entrecruzamiento de los dos planos. Por una discronía de los elementos, Alberto Uno había atravesado la frontera de otra dimensión, al poner el pie fuera del umbral de su casa. Y se había convertido, impensadamente, en el privilegiado testigo de una realidad que ya acariciaban con la imaginación los científicos más avanzados del mundo –sin atreverse a hacerla pública todavía. Quizás tal transvasamiento se hubiera dado por estar aún Alberto, en ese instante, psicológicamente ubicado en el terreno del sueño, donde es posible que se de un mayor acercamiento a esa realidad potencial…
-Quizás –dijo dubitativamente Gustavo Carré-. Ahora, nos tocará a ambos el azaroso papel de Galileos. Por suerte, no existe ya el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición.
-No –dijo Alberto Uno, en el mismo tono-. Pero existe el Borda. *


*Hospital psiquiátrico de Buenos Aires, Argentina.

El otro yo de Mr. Hyde

Lord Snowdon esperaba, en la humilde salita de Mr. Hyde. Había venido a encargarle un trabajo sucio. De repente vio salir de su habitación a un desconocido alto y buenmozo, quien lo saludó con una suave inclinación antes de retirarse. Lord Snowdon lo observó con curiosidad, pues había creído hallar algo extraño en él (aparte de haber emergido impensadamente de la pieza de Hyde). En efecto, tras una fugaz ojeada, comprobó que pese al refinamiento de su porte, la ropa del caballero le quedaba chica.
Esperó infructuosamente a Mr. Hyde, durante una hora. Al cabo, decidió entrar. Encontró en la habitación el desorden previsible, mas algo le llamó la atención. No sabía que Hyde tuviera veleidades de alquimista. Sobre una mesa reposaban redomas, probetas y alambiques, junto a instrumentos varios de medición; tras de ella un armario-vitrina ostentaba innumerables frascos y cajitas, etiquetados cuidadosamente y ordenados con escrúpulo. Un libro de anotaciones, abierto, mostraba fórmulas complejas asentadas a pluma, con letra regular y precisa. A su lado, un vaso de experimentación humeaba aún, vacío. Lord Snowdon se fue intrigado y decepcionado. Era evidente que Hyde se había escabullido por alguna salida secreta.
Algunos días después‚ Lord Snowdon concurrió a una velada, en compañía de su joven y adolescente esposa, la bella Lady Christinne. Allí les presentaron al distinguido caballero que había visto salir de la pocilga de Mr. Hyde. Les dijeron que era el Dr. Jekill, descendiente de una familia de científicos, emigrados a Norteamérica‚ en tiempos de la colonia. Según declaró, muertos su padre y su madre, no le quedaba razón para permanecer en el cada vez menos soportable "nuevo mundo". Lord Snowdon se alejó un poco del grupo, para contemplar a Jekill a su gusto y reflexionar. Sí, seguía hallando algo de extraño en aquel individuo. Decidió investigarlo.
No le fue difícil dar con su dirección. Por esas cosas del snobismo burgués‚ -rasgo característico de la época- se había convertido, a poco de llegar, en el médico de moda. Luego de un paciente control, que le insumió varios anocheceres y madrugadas, llegó a establecer que el médico practicaba una inusual rutina. Era ésta: llegaba a su consultorio muy temprano en la mañana. Desde ese momento permanecía en el edificio, hasta la hora del crepúsculo, o a veces hasta altas horas de la noche. A esas horas, iba al reducto de Mr. Hyde, donde aparentemente pernoctaba. Algunas veces le perdía de vista, en las intrincadas callejuelas de Londres, pero una cosa era cierta: dormía indefectiblemente con Hyde.
Lo extravagante del asunto consistía en que este Dr. Jekill -o como se llamase- había comprado una amplia casa en la zona residencial, amoblándola por completo. Allí, había instalado su consultorio, e incluso había contratado a un valet, un ama de llaves y numerosa servidumbre. ¿Por qué, entonces, iría a dormir con Hyde, en un incómodo departamento de ocho por cuatro en los barrios bajos?
Lord Snowdon no era demasiado inteligente pero poseía mucho tiempo. Le llevó muchas noches completas de paciente control la investigación que obtuvo, como premio, establecer las raras costumbres de estos dos individuos. En esos períodos de estática vigilancia, ora frente a la vivienda de Hyde, ora frente a la de Jekill, meditaba. Se le ocurrió una explicación bastante absurda, pero luego de muchas vacilaciones la aceptó. ¿Acaso el famoso chevalier Dupin no había llegado por este método a la resolución de varios crímenes? Por una serie de indicios encadenados, Lord Snowdon arribó a la convicción, decíamos, de que Mr. Hyde y el Dr. Jekill... ¡eran la misma persona!
La aserción adquirió solidez poco a poco en su mente. Hyde era un delincuente, un marginal de la sociedad, que, harto de tal degradación había encontrado el modo de huir de su condena existencial. A través de quién sabe cuan largas y misteriosas experimentaciones -quizás guiado por algún científico loco- había logrado una fórmula para cambiar de personalidad. Logrado este propósito, convertido en un ser que era precisamente su contrario -y justamente por eso agraciado y amable- no le resultó difícil encandilar a la frívola sociedad londinense. Sin duda contaba con abundantes fondos -producto seguramente de toda una vida de pillerías-; de otro modo le hubiera sido imposible dotar a su creación del nivel de vida que ostentaba. Era evidente, sin embargo, que no había logrado la receta para permanecer definitivamente en su aspecto de "Jekill". Sin tal supuesto no se explicaría que se viese obligado a regresar, noche tras noche, a la infame madriguera de Mr. Hyde. Todo esto meditaba el Lord, mientras vigilaba.
Pese a las quejas de su joven esposa, Lord Snowdon persistió en sus agotadoras investigaciones nocturnales. Se le había fijado en la mente un empeño: iba a develar este caso. Noche a noche, semana tras semana se mantuvo como un soldado, alternativamente ante las moradas de Jekill y de Hyde. Así esperaba acumular la serie de evidencias que, llegado el momento, le permitirían entregar el caso resuelto a las autoridades.
Una noche esperó en vano. Ni el Dr. Jekill ni Hyde se mostraron. ¿Qué sucedía? Tal vez había llegado el momento de actuar. Presuroso, Lord Snowdon acudió a Scotland Yard. Cuando regresó con los agentes, halló la vivienda del abominable Hyde vacía. Corrieron a la casa de Jekill. Tampoco había nadie. El pájaro había volado. Los criados no estaban, el consultorio no daba muestras de haber sido usado en varios días, y los guardarropas desocupados indicaban que su propietario había emprendido un largo viaje. ¿Bajo qué personalidad lo había hecho? Tal vez nunca lo sabría. Desalentado, Lord Snowdon regresó caminando a su residencia.
Allí, le esperaba una sorpresa: no encontró a su esposa por ningún lado. Atacado de repentina suspicacia, corrió a la caja fuerte. La halló despojada de caudales.
Desconsolado en extremo, tuvo que acudir nuevamente a Scotland Yard. Luego se retiró a descansar, en su casa de campo. Creía merecerlo. El largo período de investigación y los últimos acontecimientos le habían agotado.
En aquel lugar, varios días después, los detectives tuvieron que narrarle el conjetural destino del "otro yo" de Mr. Hyde. Al parecer había partido, cargado de equipaje y dinero -dejaba abundantes propinas por donde pasaba- hacia un paradisíaco lugar de Suramérica, donde proyectaba radicarse definitivamente. Quienes los vieron, juraban que la joven dama que le acompañaba, con el muy presumible propósito de endulzar sus horas, era la mismísima, adolescente y bella, Lady Christinne.

Encuentro con Maia

Para qué hablar de lo que sentí cuando llamé y no contestaba; había viajado novecientos quilómetros sólo para verla -en realidad era eso, me mentía a mí mismo que no era lo central, me decía tengo un montón de cosas que hacer en la ciudad, pero en realidad sólo viajé por ella: (como otras veces, mi corazón es un sensible pulsador de emociones y matices de los sentimientos, me lleva, por suerte no he acumulado en el cerebro tantos prejuicios como para evitarlo), después del pésimo viaje en tren, decía, que prometí no repetir nunca más - ese estúpido culto por la austeridad de los europeos con quien trabajo-, decía, esperé tres días (ella había ido a pasarlos en Santa Teresita, con la familia) que pasaron muy lentos para mí, claro, y ahora la llamo y la guanaca no contesta; mientras marco de nuevo el maldito número hojeo "El Clarín" sobre la cama y veo: "Litto Nebbia y los Músicos del Centro", en el Odeón a las ocho, voy a verlos, me digo, a escucharlos y ya me engancho con eso, aunque no sin dolor; ya me empiezo a preparar el alma para no verla; no quiere, me digo, no levanta el tubo a propósito, me digo, se ha reconciliado una vez más con su marido, la fiesta, el encuentro, los días de campo, la arena, los niños, me la imagino tomando sol junto al mar, sus piernas sólidas pies pequeños vientre blancodorado ombligo grácil (aunque en la única vez que nos encontramos antes no la hubiera visto sino con campera negra y jeans), a su lado la hermana, la mamá, blancos cabellos pesados, y él, su compañero de muchos años difíciles ella diciéndose: "no, no voy a seguir con esto, la separación no es más que otra de las tantas, lo intentaremos de nuevo", y luego caminando juntos contra el rojo del mar ya no como enamorados, no, no de la mano, no, sino como... ¿amigos?..., o mejor, socios, de una empresa en bancarrota, contándole todo y diciéndole "él me iba a dar cierta luz que entre nosotros no existe": por eso el teléfono mudo, carajo, y yo aquí como un boludo marcando después de haber viajado al pedo, pero es mejor así, me miento, por sus niños, deben intentar de nuevo, lo voy a ir a ver a Litto Nebbia, todo está bien, a ese teatro fuimos una vez con Susuki a ver "A quemarropa", Lee Marvin, buen recuerdo (no Lee Marvin sino las gambas larguísimas de Susuki Pedretti apretando con fuerza mis dedos para que no suban más) salgo a la calle, limpio, bañado, perfumado, listo para el amor pero me río en el acto, "amor del aire" pues Maia es ya sólo un recuerdo, toda la gente camina en sentido contrario a mí -me parece- tomo un colectivo, voy a la empresa de los europeos y llego justo para una maldita reunión social, atravieso los grupitos elegantes, llego al teléfono, marco: nada, la puta que lo parió, me digo, lo voy a ir a ver a Litto Nebbia y chao, esta mina no me va a matar la alegría, me escabullo como puedo de los requerimientos; entonces una determinación se va abriendo paso, autónoma, en mi corazón: voy a ir a su casa, a mí no me va hacer venir para borrarse sin al menos decime "gracias por cumplir con la cita, pero no va más" y me encuentro caminando hacia la terminal, me encuentro en la terminal, me encuentro con el boleto en la mano haciendo cola para los colectivos que van a La Plata; ya no voy a ir a ver a Litto Nebbia, seguro: son las 8 y veinte, conservo el rostro inexpresivo mas miro con ansiedad a los costados, ¿por qué imagino que puede bajar de uno de los colectivos que van y vienen?, miro hacia atrás, veo una cabellera caoba, leve, enmarañada y de bucles hondos, me sobresalto, casi la encuentro, así me pasó luego de la primera vez por el centro, la vi pasar, piernas bellísimas, salí corriendo, nalgas subversivas entre la multitud, la llamo por su nombre tomándola del brazo, sólo para recibir una mirada feroz de la muchacha, bastante parecida, me consuelo, mezcla frecuente en Buenos Aires, de español, italiano y alguna sangre centroeuropea produciendo esa belleza que, fíjense ustedes, ya Rafael Sanzio preanunció; al fin me toca subir al colectivo veo sus ojos azules frente a mí el domingo siguiente, a las tres de la tarde, con el fondo de los antiguos marcos marrones de las puertas y ventanas del café y los autos perezosos que transcurren las calles angostas de Congreso, veo la plaza con las enormes estatuas, las palomas, el edificio reiterando en mi memoria su simbolismo ambiguo del poder en tiempos de paz, siento su abrazo, sus pechos hermosos redondos contra mi cuerpo, su boca en mí, gente pasando, mirándonos, mirasonriendo, hacemos linda pareja, siempre hice lindas parejas, la veo frente a mí sentada en la silla antigua del café, contándome que al hecho de que su padre era camarista en la época del proceso le deben el haber salvado la vida, tuvimos que irnos a Salta, cinco años metidos en el campo de mi tío, el usó su título de ingeniero agrónomo, habíamos estado con Montoneros, aquí, me dices y yo termino de aceptar que esa hermosísima mujer de voz suavemente grave está ahí, para comprobarlo te tomo de la mano un poco bruscamente y en el movimiento vuelco el vaso con soda, qué hacés loquito me dices, otra vez, te ríes, se te marca esa arrugita tan única de la comisura, me muestras tus dientes de coneja refinada, voy mirando con curiosidad los bloques de edificios por la ventana, mientras, anochece, nos metemos en un túnel negro y desembocamos sobre un puente tenebroso, todo evoca muerte, por acá se manejaban las patotas de secuestradores, me digo, cuánta muerte en mi país, mi Dios, y pienso nuevamente en vos, cómo te has metido en mí, muchacha, qué pasa, otro colectivo se ha parado en el camino y la gente haciendo señas, sonamos; nos detuvimos, el otro chofer explica y sube la gente, renegando, transpirando, aún espero encontrarla entre ellos pero ya débilmente, ausentemente, una certidumbre se me va gestando en el corazón a medida que nos acercamos a La Plata, a medida que aparecen los edificios blancos, casitas bonitas, estaciones de servicio, no sé en qué momento nos pusimos en camino entonces te veo llegar, sábado por la noche, ojos arcanos, cabello humedecido, toda de negro y marrón, me mataste, pienso, camisa en seda bordada pulóver pelo de llama sobre los hombros, sandalias, franja de cuero sobre tu empeine bellísimo y un medallón de hierro: "me mató", pienso, mientras te miro por tras del vidrio y las rejas coloniales, hierro forjado y quebracho en la puerta cancel, me demoro con la gran llave para mirarte bien, las once en punto, sonríes, te beso; cierro la puerta de calle y vuelvo: cenamos con cerveza y dos velones en el ancho comedor, aparece La Plata en la distancia, abro la ventana, enseguida estamos en medio de las calles intrincadas y los pocos autos, la terminal, bajo embotado de pensar en ella con tanta intensidad, una terminal vieja y amarillenta bajo los focos, voy al teléfono público, marco (corazón palpitando en la boca) me atiende un niño, voy a llamarla me dice, oigo tu voz (aún no lo creo): "¿estás aquí, en serio?", me dices, "¿no quedamos en que vendría?", digo, "¿de dónde me hablas?", "de la terminal", "¿en serio?", te ríes, "claro", digo, "¡qué loco!", me contestas, "estaba saliendo para despedir a Papá que viaja a España, está bien, dices, me arreglaré para no ir, me arreglaré, en cuarenta minutos estoy ahí, a las once menos diez tu cuerpo blanco como en La merienda campestre, de Manet, sólo el slip oscuro, bordado, tus pies hermosos junto a los míos, mi cuerpo quemado por el sol, tu delicado olor, me despierto en medio de la noche y te encuentro en mí, tengo que esperar (¿por qué habrá dicho "menos diez"?), pregunto la hora, me voy a caminar por las calles aledañas, esta ciudad me recuerda a Río Cuarto, una avenida ancha, descendente, parecida también a La Cañada; calles oscuras, gente vestida de un modo provinciano, camino media hora y recojo todos los olores de esa noche primaveral yo conozco un lugar, dijiste aquél sábado, bajamos de tu auto pequeño, un boliche coqueto, con escalinatas de piedra, en las afueras de la ciudad, carlitos y cerveza, medialuz, muchachos y chicas danzando tranqui tranqui, "esta noche, es una noche sensacional", decía Porcheto, estoy loco por vos, lo sabes, quizá tú también, pero por qué a la tarde siguiente, luego que todo hubiera pasado y se acercaba el momento de la despedida, antes de cruzar la anchísima 9 de Julio, tuve temor de que me empujaras bajo el horrendo vértigo de los autos, y retiré el brazo que me aferrabas; habíamos andado -después del boliche-, hasta el amanecer, querías ir conmigo a Buenos Aires, vacilabas por los niños, "mañana", te dije, a la postre ahora estaba menos impaciente que vos, "mañana", y qué julepe cuando me llevabas a la terminal y al salir de un giro encontramos una pinza, "como las del proceso", dijimos después, porque hasta pasarla nos quedamos mudos, una mujer joven se ha puesto a darme la lata, me he sentado en un banco sucio de la terminal; me da pena imaginar su decepción cuando Maia aparezca (¿aparecerá?), pero es imposible no ser cortés: estoy contento al mango; la conversación se ha puesto animada, ella se acerca un poco y me cuenta que dentro de una hora va a viajar a Mar del Plata, de repente siento algo, me doy vuelta, allí está, acreciéndose por el pasillo con pantalón negro, escarpines y un buzo amarillo con capucha, el pelo recién lavado; me levanto, dejando a la mujer del banco sorprendida, tus increíbles ojos lapizlázuli se humedecen y sonríen, me besas, suavemente, en la mejilla: "Tengo el auto aquí a la vuelta", dices. Y nos vamos.

Alberto después de la cloaca

Bien, miren, para no hacerles perder tiempo, trataré de contar esto rápido. No sé si será muy interesante. Yo iba caminando, una noche brumosa, por la calle Olaechea y Alcorta, al lado del Parque. Reconozco que había tomado mis dos copas. Pero no iba machado, no. Apenas contento.
De repente, me caigo. No sé cómo ni dónde, porque el suelo desapareció bajo mis pies. Sin dolor, me encontré sentado en el suelo de un recinto como de 30 metros cuadrados, similar en su forma a una bombona de las que se usan para guardar elementos gaseosos. A izquierda y derecha agujeros, con sus bocas redondas.
-¡Zas -digo-, me he caído en una encrucijada de cloacas!- Y me dispongo a ver el modo para salir de allí.
De sólo mirar me convenzo de que no me va a ser posible trepar. Ni se ve la boca de salida. Debe ser por la noche, pienso. Lo cierto es que me largo por una de las tuberías. No sin aprensión, claro, pero a poco me sorprendo porque está todo limpio. Ni sombra de suciedad. Una vez andados cerca de 100 metros me percato de que las supuestas cloacas eran de un material muy liso, como plástico o algo así, no cemento. "Habría que felicitar al gobierno", me digo. No termino de pensar esto cuando, ¡bum!, caigo de nuevo. Otra vez en una bombona de tuberías. Bueno. Elijo otra tubería al azar y me largo nuevamente.
Al final de ella, encuentro como una conexión, dos bocas a izquierda y derecha. Hago ta-te-tí y me zampo en la de la izquierda. Pero qué les
cuento, no llego ni a la mitad, cuando: ¡bum! De nuevo abajo. "Esto se está poniendo poco original", pienso. Y decido seguir. Por suerte está todo limpio. Mi traje ni siquiera se ha salpicado. Así continué un rato largo, subiendo y bajando, al este y al sur, y también al norte, y quizá al noroeste, hasta que agarré al fin un tubo que ascendía. Subí y subí, esta vez sin caídas, y cuando vi la luz del exterior como a cincuenta metros, tuve miedo. No vaya a ser que justo ahora caiga de nuevo, dije (en voz alta, total nadie me escuchaba).
Pero no. Tranquilamente, llegué al final. Y salí a mi ciudad. ¡Oh sorpresa! Ya no era la misma. Yo, a Santiago la conocía como a la palma de mi mano. Los veinticinco años que tenía los había pasado aquí. Era Santiago, pero... ¡cómo había cambiado! La gente iba vestida de un modo diferente. Todo estaba lleno de autos muy feos y el ruido era insoportable. Había emergido cerca del Mercado.
-Disculpe señora- le dije a una chipaquera, que vendía en la calzada- ¿en qué fecha estamos?
-2 de agosto- me contestó la vieja, sin dejar de masticar.
-Pero ¿de qué año?- digo.
La vieja me mira como si fuera opa, y me contesta: -De 1989 , pues.
¡Qué! ¡Han pasado 54 años! ¿Cómo puede ser? ¡Con razón está todo tan distinto! Rápido agarro por la Pellegrini, en busca de mi casa. Llego a la 25 de Mayo y doblo, con el corazón a toda carrera. Media cuadra.
Allí está. Mi casa. Apenas un poquito más vieja, pero bien pintada. Cuando estoy por abrir la puerta digo: "no, quién sabe si ha cambiado de dueños".
Y decido tocar el timbre pues la aldaba ya no está. Son las diez de la mañana. Me atiende una morenita como de diecinueve años.
-¿Señor? -me dice.
-Digamé, ¿quién vive aquí? -le pregunto.
-La familia Revainera. -Ah, entonces he venido bien, le contesto, porque yo también soy Revainera.
Me hacen pasar y conozco a la dueña de casa. El marido no está, trabaja en el banco. Pregunto el nombre del marido. No me suena. Pregunto cuántos años tiene el marido, veintinueve, me dice. ¡Lo parió! ¡Es mayor que yo!
Cuando vuelve el tipo del trabajo no puede creer que yo soy Alberto Revainera.
-¡Pero si ha muerto hace más de cincuenta años! -me sostiene.
-Y ¿de qué ha muerto? -digo sin convicción.
-¿Sabe que no lo sé?... -contesta-. Y ahora que lo dice... mi padre y la familia solían comentar que el tío Alberto había desaparecido de un modo muy raro...
Al fin mi sobrino-nieto tuvo que creerme que yo era yo. Le mostré la libreta. Toda una prueba, como se sabe.
De a poco, los viejos de la familia empezaron a desfilar para observarme.
Los viejos eran mis sobrinos, mis primos menores. ¡Qué cosa! Con el tiempo, todos se habituaron a mí y a nadie llamó la atención verme a diario.
Por suerte mi sobrino-nieto no se negó a darme la misma habitación que ocupaba hace cincuenta y cuatro años. Conseguí un puestito en la municipalidad. ¿Qué más se puede pedir?
Bueno. Esta es la historia. No sé si les habrá parecido interesante, como para poder figurar en algún anecdotario. Hace poco me he puesto de novio.
Ella es muy buena y le encanta escucharme contar historias de mi tiempo, como el fusilamiento del cabo Paz, por ejemplo. Lo único que no me gusta, de las chicas de ahora, es que son un poquito liberales.

Jericó *

...no busquéis a Betel, no vayáis a Guilgal, no os dirijáis a Berseba; que Guilgal irá cautiva y Betel se volverá Betavén.- Amós, 5:5

Codorlahomer, rey de Petra, desmontó y besó la tierra. Diez mil soldados relucientes le seguían. Tras ellos, un pueblo innumerable, compuesto en su mayoría por desarrapados. Codorlahomer observó el lugar donde sus abuelos le contaran se levantaba Jericó. Un desierto ocre, inanimado, bordeado por bajas colinas.
Seguido por sus mariscales, se retiró a orar en Galloti, el mismo sitio que Josué pisara descalzo. Después, visitó el monolito de Acán. El rey de Petra tenía una obsesión: reconstruir la ciudad-fortaleza de Jericó. Y había logrado despertar en su pobre pueblo la pasión que lo desvelaba.
Finalmente abandonaron Petra, ciudad de soldados y mendigos, en busca de la tierra prometida.
Una sola persona se había opuesto con tenacidad al proyecto: Sirah, preferida de Codorlahomer y madre de sus dos hijos. Ellos mismos -ambos oficiales del ejército- hicieron ingentes argumentaciones para convencer a su madre. No hubo caso.
La construcción de los cimientos dio trabajo a todos, y consiguió la confraternidad de pobres y ricos. Allí ocurrió la primera desgracia.
Nadie sabe de qué manera el cargamento de piedras que traía un carro se desmoronó, sepultando a un joven trabajador de las zanjas. Cuando lograron desenterrarlo, un soplo de pavor excitó al pueblo. Quien había muerto era el hijo mayor del rey.
Codorlahomer, atravesado por la espada del dolor, peregrinó nuevamente a la tumba de Acán. Allí interrogó a Dios sobre cuál pecado había cometido.
Pero las piedras permanecieron mudas; el Señor no se dignó a dar respuesta.
Pese a los ruegos y plañidos de Sirah, la madre del infortunado, la construcción siguió. La hermosa mujer madianita decidió entonces no peinar más sus cabellos, y se paseó cubierta sólo de harapos, en señal de protesta. Codorlahomer no le hizo caso, y duplicó las raciones de trigo para los obreros que se destacaran.
Tras dos años de dura tarea, el milagro se materializó. Donde antes fuera desierto, se levantaba imponente una roja y reluciente muralla.
Precisamente allí fue donde ocurrió la segunda desgracia.
Fue al trasladar las inmensas puertas de hierro que sellarían la ciudad.
Inexplicablemente, una de ellas se desplomó luego de colocarla. Alguno se consoló apresuradamente, pues aunque era alta y voluminosa había aplastado solamente a un hombre. Mas esa ligereza se transformó en ayes, cuando se comprobó que el muerto era Benjamín, el último hijo del rey.
El desconsuelo de Codorlahomer le agregó muchas arrugas a su frente. Había perdido a toda su descendencia en la construcción de la ciudad. Y Sirah,
la única mujer que alguna vez le satisficiera, vagaba, convertida en mendiga, conviviendo con las alimañas. A pesar de todo ello, él había cumplido su objetivo: Jericó existía, de nuevo. Un oscuro rincón de su alma había quedado en paz.
Ordenó que se realizara una semana de festejos. Al final de ellos, dejó inaugurada oficialmente la ciudad, de la cual se proclamó Padre Supremo, Sacerdote y Rey.
Fue entonces que Sirah regresó. Como en los mejores tiempos, dio su cuerpo a las esclavas para que lo hermosearan. Había sido desposada a los trece años por Codorlahomer; ahora, a los treintaiuno, alcanzaba la plenitud de su belleza. El exquisito perfume de la mirra la precedió en el aposento real.
El Dueño de Jericó la recibió alborozado, y ordenó a los guardias que hasta su llamado, nadie los molestara. Cuando Sirah se quitó las livianas vestiduras, el deslumbramiento del rey le impidió ver un raro objeto que la mujer, con disimulo, depositó junto a la cabecera del lecho.
El vino de Sidón, las pasas de Sefela, hicieron su efecto, y el rey, luego del incomparable apareamiento, quedó hondamente dormido. Entonces la madianita cumplió su comisión.
Lo hallaron dos días después, cuando se atrevieron a entrar. Una procesión de moscas recorría su rostro ya hinchado y de su pecho, a la altura exacta del corazón, se elevaba atroz el mango labrado del puñal.

Codorlahomer era hijo de Surisaday; Surisaday era hijo de Quenaz; Quenaz era hijo de Ohlibamá; Ohlibamá era hijo de Us, el que fuera pastor de ovejas en los Llanos de Moab. Codorlahomer era tataranieto de Rajab, la prostituta.

Fernández, 25 de julio de 1988.

* Josué, 6, 26