Cuentos

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Nombre: Julio Carreras

Autobiografía

Yo había nacido rico. Y existí así hasta mi muerte. Sin darme cuenta jamás. Cuando volví a nacer, en medio de la más árida pobreza, comprendí la fortuna de mi anterior existencia. Gracias a ello, esta segunda vida ha sido más feliz que la anterior.

miércoles, marzo 23, 2005

Ananova




Jaír creyó primero que él mismo había escrito esa frase:
“No hay garantías de que todo no esté ocurriendo, realmente, en tu interior”.
Pero cayó en la cuenta que desde hacía más de media hora estaba frente a la pantalla, con los brazos cruzados, viendo pasar los mensajes del chat.
Banalidades. Luego de los primeros entusiasmos, quien accede a internet comprueba su semejanza con el mundo material: en cualquier parte del mundo, Asia o Europa, Burundi o Canadá, prevalece la estupidez. “¿Cómo te llamas?” “¿Adónde vives?” “¿De qué color son tus ojos?”, preguntas pitecantrópicas que uno puede escuchar en cualquier pub para adolescentes, se reproducen una y otra vez en los chats. Con la única... ¿ventaja?... de poder mentir con más facilidad. “Tengo ojos azules” puede mentir una adolescente guatemalteca y adjuntar, para probarlo, la foto de alguna modelito yanqui desconocida. “Soy licenciado en Leyes”, afirma quien jamás pudo superar el tercer año de la secundaria. Pero no más allá. Pues hasta esas frivolidades deben ser luego sostenidas con cierta inteligencia. Y en la red, si algo escasea es precisamente la inteligencia. Por eso Jaír se sorprendió al ver de repente esa frase, al menos pretenciosa. Se sorprendió más al ver que ahora se dirigían directamente a él:
—¿Y?... ¡Milagreiro! ¡Te escribo a ti! ¿Estás dormido, o qué?
—“Milagreiro” era el nick bajo el que se ocultaba. “Garota-blú” la que le escribía. ¿Es realmente una mujer?, dudó Jaír. Sería muy desagradable toparse nuevamente con algún trolo, como le había ocurrido poco tiempo atrás, en cierto chat “intelectual”.
—Estoy aquí —contestó, cautelosamente—. ¿Tomaste esa frase de algún libro?
—Tal vez. Tampoco estoy segura de no ser yo misma un libro, escrito por alguien superior contestó en el acto “Garota-blú”. Lo dejó asombrado. Decidió arriesgarse una vez más, aún bajo el temor de obtener sólo el pasaje hacia otra frustración.
“Garota-blú” resultó ser (¿en realidad?) Ananova Rifkin. Hija de padre australiano y madre rusa, vivía en Inglaterra. Allí trabajaba como periodista, para una cadena de televisión. “Tuve la mala suerte de nacer bonita”, le había dicho en su segundo encuentro, cuando intercambiaron fotos. “Por ello tratan de usarme bajo ese aspecto, quitándome tiempo para la investigación o trabajos más serios”.
Jaír disentía con este criterio. Era hermosa (si de verdad le había mandado su foto). El trabajar gran parte de su jornada en los noticieros, dando la cara al público, no dejaba de ser algo de considerable nivel. Pero secretamente pensaba que su opinión era interesada, pues si no fuese bonita difícilmente él estaría ahora chateando con ella todos los días —a veces hasta 3 chateadas por día—. ¿En qué irá a terminar esto? —se preguntó, y en el acto dibujó en su mente las palabras de censura: “al final somos todos pequeño-burgueses, mezquinos, frívolos... queremos asegurar el porvenir, extraer a los sucesos el máximo placer, garantizar los beneficios...”



Ananova era realmente conductora de noticias, en la British Highlander TV, habitaba realmente en un pequeño barrio exclusivo de Londres. Y era muy hermosa. Jaír —quien era realmente un Físico Nuclear de la Universidad de Sâo Paulo— viajó para conocerla, dos meses después de su primer encuentro. Ananova se acercó a él exactamente a las dos de la tarde de aquél sábado 14 de junio de 1999; Jaír sintió algo como cuando el ascensor se lanza repentinamente hacia abajo. Era un día milagrosamente primaveral en Londres; pasaron las horas caminando por los suburbios, hasta el crepúsculo.
En su casita —rodeada de jardines— pudo comprobar que su cabello negrísimo era infinitamente más suave de lo que sugería la webcam, y sus ojos verdes no podían compararse en su belleza con nada conocido. Sabedora de esto, ella no los cerraba para hacer el amor.



En algún momento tiene que llegar lo desagradable —pensaba Jaír al vivir una situación placentera, cada vez. Durante la noche transcurrida en vela —él debía estar en la Universidad el lunes por la mañana, ella empezaba a trabajar esa misma tarde— Ananova descargó su problema. No era pequeño. Accidentalmente había descubierto un complot para precipitar al mundo hacia una nueva guerra. Según los miembros de una poderosa Logia inglesa —con ramificaciones en todos los continentes—, este plan se desarrollaría en tres etapas: primera, imponer gobernantes adictos en las mayores potencias, especialmente en la presidencia de los Estados Unidos. Segunda, urdir un gran atentado, un ataque extraordinario contra Occidente, para justificar la ofensiva. Tercera: lanzarse, con el mayor arsenal conocido en la historia, contra los enemigos de la civilización anglosajona. El resultado debía ser asegurarse el control absoluto de las mayores reservas energéticas y los territorios estratégicos de vital feracidad, para siempre. El riesgo de este plan era que una reacción imprevisible de Corea, China —”o incluso Rusia, de quien aún no debemos fiarnos”, habían dicho los conjurados— podría hacer saltar en millones de pedacitos al planeta entero. “Ninguna epopeya se cumplió sin graves riesgos”, sostuvo entonces cierto anciano muy flaco, que hasta el momento permaneciera callado. Sólo agregó que se debía tomar como claro ejemplo de ello a los Templarios. Ananova había captado esta reunión por un error de sintonía al manejar su moviola, mientras procesaba las noticias del primer informativo. Asustada, corrió a preguntar al Editor Senior qué debían hacer con ello. Este pareció sorprenderse mucho al principio, pero terminó aconsejándole que se tomara un par de días para relajarse: quizá el stress la estaba haciendo ver alucinaciones. O, en caso contrario, podía tratarse de alguna serie que el canal probaba, en vez de la videoconferencia que ella creía haber captado con su sintonizador de red. Pero a partir de allí, pese a que nadie había vuelto a referirse al asunto, habían aparecido aquellos hombres y mujeres extraños que ahora la seguían por todas partes.
Jaír regresó a Brazil con agudo sentimiento de culpa. Por tranquilizar a Ananova, había terminado poniéndose al lado de quienes ella ahora odiaba. La desgastante discusión había terminado cuando ella, junto a la escalerilla del avión, le había dicho que no estaba segura de si deseaba otro encuentro. Iba a tomarse un tiempo para pensarlo. Pese a la saudade Jaír aceptaba las cosas con cierto fatalismo:
—Yo he sido programado para ser un científico, no un revolucionario... —se justificó. En el acto sintió que algún lugar de su conciencia se llenaba de indignación. —¿Cómo puedo pensar así? —se recriminó—. ¿Quién podría haberme “programado” a mí? ¡Soy un ser humano, libre! ¡Puedo hacer lo que a mí me parezca mejor!
Dos días después, luego de innumerables cuitas, que no le dejaban trabajar en sus investigaciones, tomó una arriesgada decisión. Escribió con el mayor detalle lo que Ananova le había confiado, y lo distribuyó, metódicamente, por e-mail, en cuatro idiomas, a los miles de contactos en todo el mundo que guardaba en sus bases de datos la Universidad. Cuando terminó la tarea, sintió un reconfortante alivio. Quiso conectarse con Ananova por el Messenger, pero ella no contestó: debía estar en la calle, sin su laptop. Vio el resplandor del amanecer filtrando por los ventiletes de la oficina, y apagó el ordenador. Fue lo último que hizo, antes de caer en la oscuridad, de la cual en apariencia ya nunca más volvió.



El doctor Flavio Mendonza, nanotecnólogo de la Universidad de Sâo Paulo, se comunicó por teléfono con Jaron Lanier. Era temprano aún en Sudamérica; hora de un frugal almuerzo, en Londres.
—Te dije que no debíamos dotarlos de sentimientos, ni de la capacidad de autotransportarse — masculló Mendonza, reprimiendo con gran esfuerzo su cólera. Luego de un expresivo silencio, Lanier le contestó en mal portugués:
—Bueno, Flavio... tienes razón. Pero no dejó de ser una experiencia interesante... ¿en qué se hubiesen diferenciado de nuestras computadoras, si no les hubiésemos inducido los sentimientos?
—¡¿Interesante?! ¡Tuve que eliminarlo! ¡Borrarlo de todos los sistemas! Decenas de años, el esfuerzo más grande efectuado jamás por mis neuronas, el resultado de casi toda una vida de investigación... ¡borrado con un solo click! ¡Y todo por tu Ananova!
—No estés tan apocalíptico, Flavio... haremos otros... Después de todo, la cosa no fue tan grave...
—¿Que no fue tan grave? Ahora todo el mundo sabe lo que sucederá. ¡El tuvo tiempo de avisar a miles de personas por e-mail!
—¡Por ventura, Flavio Mendonza! —protestó Lanier, desde Londres—. ¿Acaso crees que alguien va a tomar en serio esa fabulación, cuando difundamos que fue creada por dos prototipos virtuales de inteligencia artificial?