Cuentos

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Nombre: Julio Carreras

Autobiografía

Yo había nacido rico. Y existí así hasta mi muerte. Sin darme cuenta jamás. Cuando volví a nacer, en medio de la más árida pobreza, comprendí la fortuna de mi anterior existencia. Gracias a ello, esta segunda vida ha sido más feliz que la anterior.

sábado, noviembre 03, 2007

El sacrificio


Dibujo de Ben Heine*

Roberto no podía dejar de pensar en Sofía mientras celebraba la misa. Al llegar el momento de la consagración, se reconvino interiormente y logró bloquear esa corriente en su cerebro. Entonces un sentimiento de serena paz, pero impregnado de dolor, se le introdujo en el organismo como si hubiera ido sustituyendo a la sangre.
El sacrificio de Jesús con sus manos y sus pies clavados y manando sangre sobre todo su cuerpo, desnudo, torturado, escarnecido hasta la infamia por los opresores romanos apareció con enceguecedora nitidez en su mente, más real que las centenares de personas que abarrotaban la humilde iglesita de Villa El Libertador. Reprimió un sollozo que pugnaba por salirle desde el pecho y en voz alta dijo:
—Este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes...
Como si sus ideas estuviesen programadas con diapositivas apareció en su mente aquella foto, en blanco y negro, tan famosa ya, que había salido a página entera en Siete Días ilustrados. La del Ché Guevara, muerto, cobardemente asesinado, 7 años atrás, en el pequeño pueblito boliviano de La Higuera. Y otra vez Sofía.
Es que hace tres meses Sofía se había quedado sola, con su hijita de un año y medio. Su compañero, Federico, había sido salvajemente asesinado por las Tres A. Precisamente por esa niñita a veces Sofía faltaba a la misa, “por no molestar”, decía, ya que Ileana —así se llamaba— era vivaz, gustaba de corretear y lanzar gritos agudísimos no importaba dónde estuviese. Al padre Roberto le parecía que era sólo una excusa para no decirle abiertamente su opinión. Que la misa era un rito aburrido y arcaico, que el pueblo no necesitaba misas sino alimento real, dignidad, poder sentirse dueños y parte de la naturaleza creada por Dios, no sólo instrumentos o víctimas de los más poderosos. Pero sí iba puntualmente a dictar clases de catequesis, cada semana, donde enseñaba que Jesús era carpintero (“un obrero, como tu papá”, decía señalando con su bonito mentón a uno de los niños) y que había dado la vida por los más pobres y oprimidos, “no por toda la humanidad”, como “mentirosamente enseñaba una iglesia sobornada por los ricos”, sino únicamente por los más pobres. Como el Ché Guevara. No como Nerón, que se suicidó cobardemente luego de prender fuego a los más humildes, de cuyo destino le importaba un pito, porque era un explotador degenerado.
“Entonces hay que diferenciar”, se enfervorizaba Sofía, en las clases de catequesis: “no todos los humanos somos iguales, esa es una mentira que solamente los pobres, a veces, nos la creemos... para ellos, para los ricos, para los explotadores, nosotros somos menos importantes que los gusanos y nos llaman únicamente cuando necesitan nuestro trabajo, para aumentar sus riquezas...”
La misa terminó y el padre Roberto aceptó mansamente las decenas de requerimientos, planteos de pequeños y grandes problemas que le presentaba la gente, mayormente mujeres, de humilde condición. En el atrio departió por cerca de una hora más con los vecinos, a los que se sumaron los jóvenes del Coro y la Acción Católica que hacían trabajo de base con él.
Como a las nueve y media pudo recién desocuparse. Entonces hizo lo que durante todo el día pensó: ir a visitar a Sofía. Lo angustiaba su situación, lo angustiaba su opción, así como las de todos sus compañeros. Sofía era guerrillera, como su esposo muerto, y estaba dispuesta a combatir con un arma en la mano apenas se lo ordenasen. Pero por su talento para la comunicación la habían designado a cargo del trabajo barrial. Y si bien él no conocía nada de la estructura interna (tampoco había intentado siquiera averiguarlo), sospechaba que su responsable máxima.
Villa El Libertador era uno de los barrios pobres más extensos y poblados de Córdoba, donde vivían desde cirujas hasta obreros de la Ford y la Fiat. Y policías. Muchos sin uniforme, pues se sabía que su gente era “el caldo de cultivo de la subversión”, así que solían instalarse sigilosamente, como un pobre más, levantaban una casita de bloques y chapas, simulaban interés por los problemas vecinales, participaban de las movilizaciones... pero por las noches salían con sus bandas de asesinos a secuestrar a quienes detectaban como líderes barriales o militantes.
—¡Padre! ¡Qué alegría verte! —gritó Sofía, que era muy expresiva, y a él se le estrujó el corazón.
No quiso decirle de entrada lo que había estado pensando, pero luego de algunos mates, y escuchar pacientemente su análisis de la situación política nacional, donde López Rega ocupaba el centro, Roberto empezó a acercarse con circunloquios a la propuesta que había decidido hacerle.
— Sofía — murmuró — ¿no has pensado en cambiarte de barrio? ¡Estás tan expuesta aquí!...
— Ni loca... ¿quién se va a hacer cargo de todo esto? ¡Tenemos más de cincuenta unidades básicas aquí! Que no se ocupan únicamente de política, sino de la salud de los niños, las necesidades de los desempleados, los problemas de vivienda... ¡millones de cosas!
— Bueno, hay otros compañeros tuyos que pueden coordinar todo esto... ustedes son muchos y jóvenes, así que no creo que todo se venga abajo porque vos te vayas (ojo, lo digo sin subestimarte)...
— Ojalá fuese así, Roberto, ojalá. Pero no es sólo mi supuesta capacidad o no... nosotros formamos una organización militar, como lo sabes... una estructura donde nada se hace por antojo propio o decisiones individuales, que casi siempre son impulsivas... Mientras a mí no me ordenen que cambie de zona, debo quedarme aquí... así lo aceptamos, libremente, con mi compañero, cuando empezamos a militar...
—Eso es otra cosa que aunque me esfuerzo no comprendo... —dijo cautamente Roberto — ¿cómo es posible que jóvenes nobles, generosos, sanos, como ustedes, estén dispuestos a... matar a sus semejantes por tras de objetivos políticos?
Sofía entró en un mutismo hosco. El cura había vuelto nuevamente con la misma. Él también era joven, apenas ocho años atrás había salido del seminario, pero conservador en muchas cuestiones, como esta. Y en su indumentaria: jamás se vestía de civil, como muchos otros curas: él siempre de sotana. Vieja y raída, la que llevaba hoy le perlaba la frente y las manos de transpiración. Era primavera, ya hacía calor.
— Roberto... —pronunció entonces ella, como si él fuese uno de los chicos a los que impartía la catequesis— Jesús, también usó la violencia...
— Ah, ¿sí? ¡Novedad para mí! —exclamó el cura, que por lo general era muy tímido.
—¿Acaso no echó a latigazos a los mercaderes, del Templo?...
El cura, luego de unos segundos, para no parecerle irreflexivo, contestó:
— Tal violencia, Sofía, fue la mayor acción de ese tipo que efectuó Jesús, y tuvo un grado de control, un límite... no puedes comparar unos cuantos latigazos, los puntapiés a unas mesas, con la violencia sistemática, armada y fríamente organizada que practica tu organización.
— La violencia de abajo es consecuencia de la violencia de arriba —contestó secamente Sofía.
— Sí... —concedió Roberto—: estamos completamente de acuerdo en eso... completamente... pero hay otros métodos para combatir esa violencia, que viene de arriba y nos lastima a todos...
— Qué métodos... ¿las elecciones? ¿el diálogo? Sabemos que tarde o temprano los más ricos llegan a dominar el tablero, pues quién más quien menos, todos los políticos y sindicalistas terminan siendo corruptos... Nosotros participamos de las elecciones, el peronismo arrasó, con el voto de los más pobres, ¿y qué pasó luego? Nos echaron del partido. Nuestros diputados fueron obligados a renunciar. Nuestros gobernadores, intendentes, dirigentes sindicales, empezaron a caer como moscas, asesinados casi públicamente por las Tres A, un engendro policial. ¿Y nuestro gobierno qué hizo? Les dio la razón a ellos... como siempre... primero te usan y después te encuentran culpable de algo, para poderte eliminar.
Podían conversar tranquilos porque la niña dormía, plácidamente, en su cuna. Todo ocurría en la pequeña cocina-comedor de esa casita, que tenía sólo una habitación más, un bañito, y un pequeño patio.
—Está la movilización... —intentó Roberto, con expresión algo dubitativa — miles de personas en las calles obligan a reflexionar al gobierno... no es necesario tomar las armas, así caemos en lo mismo que lo de ellos...
— No es lo mismo, Roberto... ¿o me dirás que es lo mismo la violencia del Ché Guevara que la de Nixon, que está bombardeando con fósforo líquido a millones de familias inocentes en Vietnam?...
El cura se quedó callado. No era que lo hubiese convencido, él estaba seguro de que nadie podía ser cristiano y levantar las armas, al mismo tiempo. Pero no hallaba un argumento definitivo, que a la vez fuese respetuoso de esa muchacha que apreciaba mucho, como si fuese su propia hermana, o tal vez su hija —aunque le llevaba apenas cuatro años.
En ese momento golpearon a la puerta. Como una pantera, Sofía se levantó, poniéndose a un costado de la puerta. Allí había un pequeño orificio, con una lente imperceptible desde fuera, por la que podía ver rápidamente el panorama.
—¿Señora Sofía Balestra? —se escuchó una voz masculina que llamaba.
— La cana —cuchicheó ella, volviéndose rápidamente hacia el sacerdote. Rajá. Por atrás puedes entrar en la casa de la Norma, de ahí pasas al siguiente módulo y así zafas, enseguida. Lo tenemos organizado.
—¿Cómo sabes que es la policía? —preguntó Roberto.
— ¡Es la cana! ¡Aquí está un tipo de civil, pero ya he visto los bultos de los otros apostados afuera, y hay una camioneta con cúpula esperando a un costado!
—¿Señora Sofia Balestra? —repitió el otro desde fuera, en tono más alto.
—¿Quién es? —gritó Sofía.
— Un vecino nuevo... —contestó el hombre en el acto.
—¡Venga mañana! — dijo ella — No puedo atenderlo ahora.
Se suscitó un silencio. Sofía, en tanto, levantó un cuadro con la figura de un payaso bajo del cual, en un hueco, había una pistola. La sacó rápidamente y cuidadosamente, casi sin hacer ruido, remontó el disparador.
— ¡Qué haces...! ¡Estás loca! ¡No pensarás enfrentarlos!...
—No, me voy a escapar... si puedo... —dijo Sofía. Pero antes le voy a hacer unos cuetazos, para que se contengan...
Entonces el de afuera pateó la puerta.
— ¡Abrí carajo, somos la policía! —gritó.
Entonces parándose de un salto Roberto arrebató la pistola de manos de Sofía y le espetó:
— ¡Vete! ¡Yo los voy a aguantar aquí!
— ¿Sabes usar un arma? —se asombró ella.
—Hay que apretar el gatillo nada más, ¿no? ¡Vete, te digo que te vayas, ya!... —dijo el cura.
Sofía empalideció. Miró la cunita donde su hija dormía, y luego a los ojos buenos de Roberto.
— ¡Por favor...! —alcanzó a decir.
En ese momento se escuchó gritar nuevamente desde afuera:
— ¡Te damos diez minutos para que salgas! ¡Si no te vamos a reventar, a vos y a todos los que estén con vos en esa casa!...
Sofía volvió a espiar por al agujerito.
—El tipo de aquí se ha replegado. Se preparan para atacar. ¿Y si intentamos rajar juntos? — le dijo a Roberto.
— Nos van a cazar. Y nos van a matar a los dos. Vete. Salva a tu hijita. Ella no fue consultada para meterse en esto.
La joven lo miró con reprobación.
—Bueno, vete ¡ya!.. —ordenó el cura—. Primero decime por dónde les tengo que tirar.
La muchacha le hizo una seña para que entrase a su dormitorio. Una vez allí, arrancó un bloque de unos veinte centímetros cuadrados que había en la pared. Ello abría una tronerita ideal para que por ahí se pudiese disparar un arma.
—Bueno, entonces adiós — le dijo el cura.
Enmudecida por un sollozo, ella lo abrazó. Luego se soltó bruscamente, y tomando a su hijita dormida salió, silenciosamente, al patio. Tres golpecitos en la puerta de la vecina, que tenía su cocina lindante, le bastaron para ser introducida en aquella casa. De allí, pasaron rápidamente a la casa de otro vecino, y de otro, hasta que, cinco minutos después, una motocicleta salía de la penúltima casa de esa cuadra, manejada por un muchacho que llevaba una mujer, con su bebé en brazos, detrás.
Para entonces ya había empezado el tiroteo. Tableteos intermitentes se escuchaban, y de vez en cuando un estampido como de cohete, y otro y otro.
Roberto cada tanto sacaba la pistola 9 milímetros por el boquete, y apuntando hacia el cielo, disparaba. Cada vez que ello ocurría, una andanada sacudía la casa, arrancando esquirlas de las paredes, rompiendo ya las ventanas de chapa y algún vidrio adentro.
—Bajá la punto 50, vamos a terminar de una vez con la hija de puta —dijo uno de los atacantes. Obediente, un regordete corrió zigzagueando hacia la camioneta. A los dos minutos regresó, con una imponente ametralladora pesada. Satisfecho, el bigotudo que diera la orden la acarició.
La primera ráfaga volteó la mitad de la pared de la cocinita y la puerta. La segunda ráfaga destruyó la pared del dormitorio. Una tercera ráfaga, muy extensa, dejó totalmente sin paredes la fachada de la vivienda, como si fuese un cajón al que hubiesen arrancado por completo las maderas del frente. Para entonces, Roberto ya no vivía.
Luego de una hora de silencio absoluto, los policías entraron. Encontraron el cuerpo de Roberto, con su sotana negra pero casi gris, de tan vieja, empapada en su propia sangre.
—Mirá vos el curita— dijo el comisario... —también había sido un zurdo hijo de puta. ¡Ya me parecía!

*Artista Belga. La reproducción de esta imagen fue hecha con autorización de su autor.