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Nombre: Julio Carreras

Autobiografía

Yo había nacido rico. Y existí así hasta mi muerte. Sin darme cuenta jamás. Cuando volví a nacer, en medio de la más árida pobreza, comprendí la fortuna de mi anterior existencia. Gracias a ello, esta segunda vida ha sido más feliz que la anterior.

sábado, febrero 12, 2005

El mensaje

¡Ay del que construye con sangre la ciudad y asienta la capital en el crimen! - Habacuc, 2,12.


1

Un mes hace ya desde que he llegado a Beirut. Después de la primera semana no he dejado de llorar, cada noche. No puede afirmarse de mí que sea un blando. He participado de muchos combates, en mis treintaidós años, he conocido cárceles de las peores. Sin embargo, mi cerebro no ha aprendido a soportar el espectáculo atroz del padecimiento humano.

2

El cargamento que he traído alcanza para hacer volar en pedazos el cuartel general de Obeid, y después derribar algo que pudiera quedar en pie de esta ex-ciudad. No he tomado contacto sin embargo con mi enlace libanés.
Debí de haberlo hecho apenas llegado, pero me detuve por una oscura impulsión. En mi ajetreada vida he aprendido a respetar más mis intuiciones que mis razonamientos, así que decidí esperar.

3

Hace un mes que vago por Beirut. He visto niños y mujeres despedazados por las balas. He visto barrios enteros de pobres chozas convertirse en cenizas bajo los bombardeos. No puedo describir lo que he visto. Supera demasiado mi capacidad de expresión. Hace unas noches me desperté en la mitad de un sopor pesado, sin imágenes, y escuché una voz que me dijo con claridad: -Toma en tus manos el fuego y destruye a Moloch.

4

Nos hemos sentado con Mirnah en lo que otrora fuese una bella placita en medio de la zona de los Hoteles Internacionales. Aquí firmaron autógrafos Omar Sharif y Gina Lollobrígida. Otrora. No sabemos de qué hablar. Nos hemos amado cada día de los quince que hacen desde que la conocí. Me fue imposible evitar pese a ello culminar cada uno de nuestros acoplamientos sin llanto. Para mi sorpresa ella no me consideró un idiota, sino que me apaciguó envolviéndome en silencio con sus larguísimos cabellos, negros, ensortijados. -Ven -me dice de repente, con su voz hermosa- te llevaré con mi familia.

5

El hermano de Mirnah me muestra el funcionamiento de un pequeño fusil de alta velocidad, con sistema láser de ajuste al blanco, que han recuperado de una base norteamericana. Por cortesía me ha dicho que simpatiza con los argentinos, y ha llegado a recitarme unas estrofas del Martín Fierro en francés. No les ha molestado saber que soy católico. Me asombra el modo en que esta gente me acepta en su seno sin indagar. Mirnah tiene evidentemente una gran ascendencia entre ellos. Esa noche cenamos humildemente con un numeroso grupo, en un sótano. Yo asisto con respeto a su sensible ceremonia religiosa, y musito a mi vez el Padrenuestro.
Después de cenar Mirnah me lleva en su moto con silenciador al hotel. Se queda en mi piso hasta la madrugada. Esta vez le ha tocado a ella. Sin comprender, bebo sus lágrimas y trato como puedo de apaciguarla. Me digo que no he visto en mi vida hermosura mayor que la de aquellos ojos grandes color sombra, húmedos con una tristeza que parece venir de la esencia más profunda de la condición humana. Se niega a que la acompañe otra vez, y me deja una opresión en el alma, al perderse entre la llovizna en la ciudad escombrosa.

6

Leo en primera página del An Nahar que el coronel de inteligencia israelí Uri Hirsch resultó muerto, además de otros tres oficiales, en el atentado suicida realizado ayer por el Hezbollah. Los judíos tratan de explicarse cómo hizo para ingresar un automóvil cargado con explosivos en la zona de seguridad. El vehículo estalló al chocar frontalmente contra la camioneta que llevaba al coronel Hirsch, y ambos volaron en pedazos. Lo conducía una mujer, quien luego fue identificada como Mirnah Obahmani, dirigente de una importante columna del Hezbollah.


7

He decidido tomar contacto con los destinatarios del envío que traigo.
Alegando seguir instrucciones solicito una entrevista con el nivel máximo, como condición para entregar el armamento. Me lo han concedido. Cuando llego al suburbio ruinoso y diviso las moles del Ministerio de Defensa, me detengo y, dándome vuelta, pongo en funcionamiento el mecanismo que llevo bajo el asiento trasero del Jeep. A partir de este momento, tendré siete minutos. Exactamente el tiempo que demoraré en llegar al centro. No hay problemas para pasar por los tres controles. La credencial que me ha dado mi enlace vale. El sol del mediodía abrasa despiadado. Siento el sudor correr desatado por mi espalda y mojarme el culo y los testículos. El general Aoun conversa con otro de su rango, bajo un techo de cemento, rodeado de un séquito escudriñador y un bullir de soldados que van y vienen. Enderezo el Jeep hacia él, y luego de poner con un crujido la segunda aprieto el acelerador. Al comienzo hay sorpresa. Luego me apuntan tres, cuatro fusiles. Se astilla por completo el parabrisas, pero ya estoy encima. El vientre se me ha bañado en sangre. Veo la cara de horror de Aoun. No han podido pararme. Por suerte, he entendido el Mensaje.


Fernández, 7 de julio de 1987.