<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-10798998</id><updated>2012-01-17T08:23:52.836-03:00</updated><title type='text'>Cuentos</title><subtitle type='html'>El autor es músico, dibujante y pintor desde los 12 años. A los 21 tomó la literatura como su actividad principal. Escribió doce libros (cinco publicados, uno traducido al italiano) y numerosos artículos.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Julio Carreras</name><uri>https://profiles.google.com/102613398769440684916</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-V2EMWaLI-yI/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAKGA/1P9YRKv4WZ8/s512-c/photo.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>10</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-10798998.post-8801606561336089560</id><published>2007-11-03T21:01:00.001-03:00</published><updated>2009-01-31T21:33:23.087-02:00</updated><title type='text'>El sacrificio</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_kVMKcwChyPA/SYTfswZdfuI/AAAAAAAAGfU/6cFDviMVLQE/s1600-h/che-ben2.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer; width: 158px; height: 200px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_kVMKcwChyPA/SYTfswZdfuI/AAAAAAAAGfU/6cFDviMVLQE/s200/che-ben2.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5297605021693476578" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;o:p style="font-family: verdana;"&gt;Dibujo de Ben Heine*&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;b style=""&gt;&lt;br /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/b&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold; color: rgb(153, 0, 0);font-size:180%;" &gt;R&lt;/span&gt;oberto no podía&lt;/span&gt; dejar de pensar en Sofía mientras celebraba la misa. Al llegar el momento de la consagración, se reconvino interiormente y logró bloquear esa corriente en su cerebro. Entonces un sentimiento de serena paz, pero impregnado de dolor, se le introdujo en el organismo como si hubiera ido sustituyendo a la sangre.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;El sacrificio de Jesús con sus manos y sus pies clavados y manando sangre sobre todo su cuerpo, desnudo, torturado, escarnecido hasta la infamia por los opresores romanos apareció con enceguecedora nitidez en su mente, más real que las centenares de personas que abarrotaban la humilde iglesita de Villa El Libertador. Reprimió un sollozo que pugnaba por salirle desde el pecho y en voz alta dijo:&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;&lt;span style=""&gt;—&lt;/span&gt;Este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes...&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Como si sus ideas estuviesen programadas con diapositivas apareció en su mente aquella foto, en blanco y negro, tan famosa ya, que había salido a página entera en Siete Días ilustrados. La del Ché Guevara, muerto, cobardemente asesinado, 7 años atrás, en el pequeño pueblito boliviano de &lt;st1:personname productid="La Higuera. Y" st="on"&gt;La Higuera. Y&lt;/st1:personname&gt; otra vez Sofía.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Es que hace tres meses Sofía se había quedado sola, con su hijita de un año y medio. Su compañero, Federico, había sido salvajemente asesinado por las Tres A. Precisamente por esa niñita a veces Sofía faltaba a la misa, “por no molestar”, decía, ya que Ileana —así se llamaba— era vivaz, gustaba de corretear y lanzar gritos agudísimos no importaba dónde estuviese. Al padre Roberto le parecía que era sólo una excusa para no decirle abiertamente su opinión. Que la misa era un rito aburrido y arcaico, que el pueblo no necesitaba misas sino alimento real, dignidad, poder sentirse dueños y parte de la naturaleza creada por Dios, no sólo instrumentos o víctimas de los más poderosos. Pero sí iba puntualmente a dictar clases de catequesis, cada semana, donde enseñaba que Jesús era carpintero (“un obrero, como tu papá”, decía señalando con su bonito mentón a uno de los niños) y que había dado la vida por los más pobres y oprimidos, “no por toda la humanidad”, como “mentirosamente enseñaba una iglesia sobornada por los ricos”, sino &lt;i style=""&gt;únicamente&lt;/i&gt; por los más pobres. Como el Ché Guevara. No como Nerón, que se suicidó cobardemente luego de prender fuego a los más humildes, de cuyo destino le importaba un pito, porque era un explotador degenerado.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;“Entonces hay que diferenciar”, se enfervorizaba Sofía, en las clases de catequesis: “no todos los humanos somos iguales, esa es una mentira que solamente los pobres, a veces, nos la creemos... para ellos, para los ricos, para los explotadores, nosotros somos menos importantes que los gusanos y nos llaman únicamente cuando necesitan nuestro trabajo, para aumentar sus riquezas...”&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;La misa terminó y el padre Roberto aceptó mansamente las decenas de requerimientos, planteos de pequeños y grandes problemas que le presentaba la gente, mayormente mujeres, de humilde condición. En el atrio departió por cerca de una hora más con los vecinos, a los que se sumaron los jóvenes del Coro y &lt;st1:personname productid="la Acción Católica" st="on"&gt;la Acción Católica&lt;/st1:personname&gt; que hacían trabajo de base con él.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Como a las nueve y media pudo recién desocuparse. Entonces hizo lo que durante todo el día pensó: ir a visitar a Sofía. Lo angustiaba su situación, lo angustiaba su opción, así como las de todos sus compañeros. Sofía era guerrillera, como su esposo muerto, y estaba dispuesta a combatir con un arma en la mano apenas se lo ordenasen. Pero por su talento para la comunicación la habían designado a cargo del trabajo barrial. Y si bien él no conocía nada de la estructura interna (tampoco había intentado siquiera averiguarlo), sospechaba que su responsable máxima.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Villa El Libertador era uno de los barrios pobres más extensos y poblados de Córdoba, donde vivían desde cirujas hasta obreros de &lt;st1:personname productid="la Ford" st="on"&gt;la Ford&lt;/st1:personname&gt; y &lt;st1:personname productid="la Fiat. Y" st="on"&gt;la Fiat. Y&lt;/st1:personname&gt; policías. Muchos sin uniforme, pues se sabía que su gente era “el caldo de cultivo de la subversión”, así que solían instalarse sigilosamente, como un pobre más, levantaban una casita de bloques y chapas, simulaban interés por los problemas vecinales, participaban de las movilizaciones... pero por las noches salían con sus bandas de asesinos a secuestrar a quienes detectaban como líderes barriales o militantes.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—¡Padre! ¡Qué alegría verte! —gritó Sofía, que era muy expresiva, y a él se le estrujó el corazón.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;No quiso decirle de entrada lo que había estado pensando, pero luego de algunos mates, y escuchar pacientemente su análisis de la situación política nacional, donde López Rega ocupaba el centro, Roberto empezó a acercarse con circunloquios a la propuesta que había decidido hacerle.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— Sofía — murmuró — ¿no has pensado en cambiarte de barrio? ¡Estás tan expuesta aquí!...&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— Ni loca... ¿quién se va a hacer cargo de todo esto? ¡Tenemos más de cincuenta unidades básicas aquí! Que no se ocupan únicamente de política, sino de la salud de los niños, las necesidades de los desempleados, los problemas de vivienda... ¡millones de cosas!&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— Bueno, hay otros compañeros tuyos que pueden coordinar todo esto... ustedes son muchos y jóvenes, así que no creo que todo se venga abajo porque vos te vayas (ojo, lo digo sin subestimarte)...&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— Ojalá fuese así, Roberto, ojalá. Pero no es sólo mi supuesta capacidad o no... nosotros formamos una organización militar, como lo sabes... una estructura donde nada se hace por antojo propio o decisiones individuales, que casi siempre son impulsivas... Mientras a mí no me ordenen que cambie de zona, debo quedarme aquí... así lo aceptamos, libremente, con mi compañero, cuando empezamos a militar...&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—Eso es otra cosa que aunque me esfuerzo no comprendo... —dijo cautamente Roberto — ¿cómo es posible que jóvenes nobles, generosos, sanos, como ustedes, estén dispuestos a... matar a sus semejantes por tras de objetivos políticos?&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Sofía entró en un mutismo hosco. El cura había vuelto nuevamente con la misma. Él también era joven, apenas ocho años atrás había salido del seminario, pero conservador en muchas cuestiones, como esta. Y en su indumentaria: jamás se vestía de civil, como muchos otros curas: él siempre de sotana. Vieja y raída, la que llevaba hoy le perlaba la frente y las manos de transpiración. Era primavera, ya hacía calor.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— Roberto... —pronunció entonces ella, como si él fuese uno de los chicos a los que impartía la catequesis— Jesús, también usó la violencia...&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— Ah, ¿sí? ¡Novedad para mí! —exclamó el cura, que por lo general era muy tímido.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—¿Acaso no echó a latigazos a los mercaderes, del Templo?...&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;El cura, luego de unos segundos, para no parecerle irreflexivo, contestó:&lt;span style=""&gt;         &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— Tal violencia, Sofía, fue la mayor acción de ese tipo que efectuó Jesús, y tuvo un grado de control, un límite... no puedes comparar unos cuantos latigazos, los puntapiés a unas mesas, con la violencia sistemática, armada y fríamente organizada que practica tu organización.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— La violencia de abajo es consecuencia de la violencia de arriba —contestó secamente Sofía.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— Sí... —concedió Roberto—: estamos completamente de acuerdo en eso... completamente... pero hay otros métodos para combatir esa violencia, que viene de arriba y nos lastima a todos...&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— Qué métodos... ¿las elecciones? ¿el diálogo? Sabemos que tarde o temprano los más ricos llegan a dominar el tablero, pues quién más quien menos, todos los políticos y sindicalistas terminan siendo corruptos... Nosotros participamos de las elecciones, el peronismo arrasó, con el voto de los más pobres, ¿y qué pasó luego? Nos echaron del partido. Nuestros diputados fueron obligados a renunciar. Nuestros gobernadores, intendentes, dirigentes sindicales, empezaron a caer como moscas, asesinados casi públicamente por las Tres A, un engendro policial. ¿Y &lt;b style=""&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="letter-spacing: 1pt;"&gt;nuestro&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/b&gt; gobierno qué hizo? Les dio la razón a ellos... como siempre... primero te usan y después te encuentran culpable de algo, para poderte eliminar.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Podían conversar tranquilos porque la niña dormía, plácidamente, en su cuna. Todo ocurría en la pequeña cocina-comedor de esa casita, que tenía sólo una habitación más, un bañito, y un pequeño patio.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—Está la movilización... —intentó Roberto, con expresión algo dubitativa — miles de personas en las calles obligan a reflexionar al gobierno... no es necesario tomar las armas, así caemos en lo mismo que lo de ellos...&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— No es lo mismo, Roberto... ¿o me dirás que es lo mismo la violencia del Ché Guevara que la de Nixon, que está bombardeando con fósforo líquido a millones de familias inocentes en Vietnam?...&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;El cura se quedó callado. No era que lo hubiese convencido, él estaba seguro de que nadie podía ser cristiano y levantar las armas, al mismo tiempo. Pero no hallaba un argumento definitivo, que a la vez fuese respetuoso de esa muchacha que apreciaba mucho, como si fuese su propia hermana, o tal vez su hija —aunque le llevaba apenas cuatro años.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;En ese momento golpearon a la puerta. Como una pantera, Sofía se levantó, poniéndose a un costado de la puerta. Allí había un pequeño orificio, con una lente imperceptible desde fuera, por la que podía ver rápidamente el panorama.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—¿Señora Sofía Balestra? —se escuchó una voz masculina que llamaba.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— La cana —cuchicheó ella, volviéndose rápidamente hacia el sacerdote. Rajá. Por atrás puedes entrar en la casa de &lt;st1:personname productid="la Norma" st="on"&gt;la Norma&lt;/st1:personname&gt;, de ahí pasas al siguiente módulo y así zafas, enseguida. Lo tenemos organizado.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—¿Cómo sabes que es la policía? —preguntó Roberto. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— ¡Es la cana! ¡Aquí está un tipo de civil, pero ya he visto los bultos de los otros apostados afuera, y hay una camioneta con cúpula esperando a un costado!&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—¿Señora Sofia Balestra? —repitió el otro desde fuera, en tono más alto.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—¿Quién es? —gritó Sofía.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— Un vecino nuevo... —contestó el hombre en el acto.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—¡Venga mañana! — dijo ella — No puedo atenderlo ahora.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Se suscitó un silencio. Sofía, en tanto, levantó un cuadro con la figura de un payaso bajo del cual, en un hueco, había una pistola. La sacó rápidamente y cuidadosamente, casi sin hacer ruido, remontó el disparador.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— ¡Qué haces...! ¡Estás loca! ¡No pensarás enfrentarlos!... &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—No, me voy a escapar... si puedo... —dijo Sofía. Pero antes le voy a hacer unos cuetazos, para que se contengan...&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Entonces el de afuera pateó la puerta.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— ¡Abrí carajo, somos la policía! —gritó.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Entonces parándose de un salto Roberto arrebató la pistola de manos de Sofía y le espetó:&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— ¡Vete! ¡Yo los voy a aguantar aquí!&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— ¿Sabes usar un arma? —se asombró ella.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—Hay que apretar el gatillo nada más, ¿no? ¡Vete, te digo que te vayas, ya!... —dijo el cura.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Sofía empalideció. Miró la cunita donde su hija dormía, y luego a los ojos buenos de Roberto.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— ¡Por favor...! —alcanzó a decir.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;En ese momento se escuchó gritar nuevamente desde afuera:&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— ¡Te damos diez minutos para que salgas! ¡Si no te vamos a reventar, a vos y a todos los que estén con vos en esa casa!...&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Sofía volvió a espiar por al agujerito.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—El tipo de aquí se ha replegado. Se preparan para atacar. ¿Y si intentamos rajar juntos? — le dijo a Roberto.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;— Nos van a cazar. Y nos van a matar a los dos. Vete. Salva a tu hijita. Ella no fue consultada para meterse en esto.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;La joven lo miró con reprobación.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—Bueno, vete ¡ya!.. —ordenó el cura—. Primero decime por dónde les tengo que tirar. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;La muchacha le hizo una seña para que entrase a su dormitorio. Una vez allí, arrancó un bloque de unos veinte centímetros cuadrados que había en la pared. Ello abría una tronerita ideal para que por ahí se pudiese disparar un arma. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—Bueno, entonces adiós — le dijo el cura.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Enmudecida por un sollozo, ella lo abrazó. Luego se soltó bruscamente, y tomando a su hijita dormida salió, silenciosamente, al patio. Tres golpecitos en la puerta de la vecina, que tenía su cocina lindante, le bastaron para ser introducida en aquella casa. De allí, pasaron rápidamente a la casa de otro vecino, y de otro, hasta que, cinco minutos después, una motocicleta salía de la penúltima casa de esa cuadra, manejada por un muchacho que llevaba una mujer, con su bebé en brazos, detrás.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Para entonces ya había empezado el tiroteo. Tableteos intermitentes se escuchaban, y de vez en cuando un estampido como de cohete, y otro y otro.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Roberto cada tanto sacaba la pistola &lt;st1:metricconverter productid="9 milímetros" st="on"&gt;9 milímetros&lt;/st1:metricconverter&gt; por el boquete, y apuntando hacia el cielo, disparaba. Cada vez que ello ocurría, una andanada sacudía las paredes de la casa, arrancando esquirlas de las paredes, rompiendo ya las ventanas de chapa y algún vidrio adentro. &lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—Bajá la punto 50, vamos a terminar de una vez con la hija de puta —dijo uno de los atacantes. Obediente, un regordete corrió zigzagueando hacia la camioneta. A los dos minutos regresó, con una imponente ametralladora pesada. Satisfecho, el bigotudo que diera la orden la acarició.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;La primera ráfaga volteó la mitad de la pared de la cocinita y la puerta. La segunda ráfaga destruyó la pared del dormitorio. Una tercera ráfaga, muy extensa, dejó totalmente sin paredes la fachada de la vivienda, como si fuese un cajón al que hubiesen arrancado por completo las maderas del frente. Para entonces, Roberto ya no vivía.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;Luego de una hora de silencio absoluto, los policías entraron. Encontraron el cuerpo de Roberto, con su sotana negra pero casi gris, de tan vieja, empapada en su propia sangre.&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;—Mirá vos el curita— dijo el comisario... —también había sido un zurdo hijo de puta. ¡Ya me parecía!&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 14.2pt;"&gt;*&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Artista Belga. La reproducción de esta imagen fue hecha con autorización de su autor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span style=""&gt;      &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/10798998-8801606561336089560?l=juliocarreras-cuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/feeds/8801606561336089560/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=10798998&amp;postID=8801606561336089560&amp;isPopup=true' title='14 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/8801606561336089560'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/8801606561336089560'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/2007/11/el-sacrificio.html' title='El sacrificio'/><author><name>Julio Carreras</name><uri>https://profiles.google.com/102613398769440684916</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-V2EMWaLI-yI/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAKGA/1P9YRKv4WZ8/s512-c/photo.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_kVMKcwChyPA/SYTfswZdfuI/AAAAAAAAGfU/6cFDviMVLQE/s72-c/che-ben2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>14</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-10798998.post-1503492228619174517</id><published>2007-09-22T22:19:00.003-03:00</published><updated>2008-04-19T11:08:42.911-03:00</updated><title type='text'>Hijo de los sueños</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;a style="font-family: georgia;" onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_kVMKcwChyPA/RvW_mP5Y_3I/AAAAAAAACsY/xz_fu-TbtQk/s1600-h/hijo.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer;" src="http://bp3.blogger.com/_kVMKcwChyPA/RvW_mP5Y_3I/AAAAAAAACsY/xz_fu-TbtQk/s200/hijo.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5113203615772245874" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm; font-family: georgia;"&gt;  &lt;/p&gt;&lt;p class="MsoPlainText"  style="text-indent: 1cm;font-family:georgia;"&gt;  &lt;/p&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Julio Carreras (h)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span style="font-weight: bold; color: rgb(204, 0, 0);font-size:180%;" &gt;J&lt;/span&gt;esús Benítez era un hombre normal. Martillero, trabajaba en una oficinita de Rentas durante la semana, desde que cumpliera 22 años. Cada tanto surgía la ejecución de un juicio, un remate. Para él era, también, una operación casi oficinesca. Los juzgados coordinaban sus convocatorias para juntar varios lotes de objetos secuestrados. De ese modo aumentaban los montos que ingresaban a las arcas estatales, en concepto del magro porcentaje que correspondía deducir por uso de local, costas judiciales, papelerío. Etcétera.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Se remataban, pues, heladeras, sillas, camas, motocicletas, sillones, cajas de herramientas, en fin, todo lo que tuviese algún valor de mercado y estuviera en condiciones de interesarle a alguien.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;A veces, se remataban casas. Grandes, pequeñas, viviendas populares que sus adjudicatarios no habían podido pagar y volvían al banco, o al Estado, que los vendía a un precio muy inferior al de la hipoteca para cubrir los saldos. O grandes propiedades, que sus dueños habían heredado y no podían mantener, o bien otros habían perdido jugando a la ruleta... millones de casos, que Jesús no se detenía a imaginar. Para él eran simples papeles, que pasaban de una mano a otra, su función era estimular a los concurrentes para levantar los precios hasta donde fuera posible. Después, cobraba su comisión, y listo. Su vida seguía con la mayor normalidad posible. Se había acostumbrado a eso. Lunes a viernes oficina, alguna tarde en medio de las semanas remates, fin de semana cine, cena con su esposa en un lugar distinto cada vez, domingo dormir hasta tarde, regar las plantitas de los balcones, un poco de televisión, radio en la cama al acostarse temprano, pues el lunes debía viajar cerca de una hora para llegar a la oficina, otra vez. Desde las siete de la mañana.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;En el verano, quince días de vacaciones junto al mar. En el invierno, quince días a México. Iban conociendo el país azteca pueblo a pueblo, comenzando por el Norte. Dos meses antes planeaban el próximo lugar de visitas y lo marcaban en el mapa.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Con su esposa, Imelda, habían construido un mundo previsible, relativamente modesto, pero lo suficientemente confortable como para sentirse satisfechos. Vivían en un departamento, en un quinto piso, adquirido en cuotas y del que les faltaba pagar aún 15. Pero jamás hubo ni habría sobresaltos por ello: pequeñas, las cuotas representaban apenas un 5 % de lo que Jesús obtenía, entre su salario regular y comisiones. Imelda, por su parte, hacía dulces, que envasaba primorosamente en frascos de diferentes tamaños. Con ello, obtenía también un ingreso relativo, pues se había hecho una clientela extendida al barrio y hasta a lugares distantes de la ciudad, con el paso de los años. Incluso algunos negocios de comestibles le encargaban partidas de 10 o 20 frascos, cada tanto. Pero ella no aceptaba demasiados, pues lo hacía principalmente porque le gustaba y no quería quedar pendiente de ello.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Todo bien. Pero no habían podido tener hijos. Al principio, por previsión. Quisieron adquirir el departamento, antes de “encargar” el bebé. Y amoblarlo. Para ello debieron esperar unos años. Con la misma prolijidad con que Jesús redactaba los informes para sus remates e Imelda confeccionaba a mano las etiquetitas para los frascos de dulce, respetaron los días de prescripción. Y lo lograron. Llegaron a tener el departamento, bien amueblado, con todo lo que se necesitaba para vivir bien: heladera, freezer, lavarropas, cocina, televisor, un pequeño automóvil para transportarse con comodidad, accesorios... Ahora estaban listos para recibir al hijo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;La sorpresa desagradable fue que no podían. Durante dos años estuvieron intentándolo, sin obtener resultado. No había embarazo, a pesar de que, con la mencionada prolijidad de antes en sentido inverso, se ocupaban meticulosamente de calcular cuáles serían los días precisos de máxima ovulación. Nada.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Desalentados luego de esos veinticuatro meses, no quisieron consultar a un médico por temor a descubrir que uno de ellos era impotente. Se querían, se respetaban, hubiese sido humillante para quien le tocara. Prefirieron dejarlo así: resignarse a vivir sin hijos, pero ignorando cuál de los dos era “el culpable”.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Ambos eran personas sensatas, regulares en hábitos y expectativas. Su vida no cambió demasiado por esta restricción. &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Incluso se volvió –cual modesto consuelo–, posiblemente más cómoda y ordenada. No necesitaban de nadie para estar bien. Ella llegó a saber cada uno de sus pequeños gustos; él no se olvidaba jamás de sus cumpleaños o el aniversario de casamiento. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;No tenían amigos. Por una especie de singular designio, sus vidas parecían haber sido dibujadas para una autosuficiente soledad de a dos. Ambos provenían del interior -aunque de provincias diferentes-, eran hijos únicos, sus padres ya no existían. La lejana comarca donde hicieran sus estudios primarios y secundarios, había dejado en ellos sólo maquinales referencias a un tiempo desganado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Después de los 58 Jesús comenzó a tener sueños. Mejor dicho, siempre los había tenido, sólo que estos eran muy distintos a los vagos remedos, vuelos o sobresaltos que enseguida olvidaba –o a veces ni esforzándose lograba recordar bien, del pasado. Los sueños de ahora consistían en vivencias singularmente nítidas, mucho más emotivas e intensas que la propia existencia de vigilia, dotadas además de un ritmo tan vital, que le costaba creer en la existencia exterior como &lt;i style=""&gt;verdadera&lt;/i&gt;, cuando despertaba.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;En ellos siempre aparecía un hijo. Se llamaba Rodrigo, como había pensado ponerle él si era varón. Y le decía papá. Los domingos los visitaban, con Imelda, en su pequeña y florida casa de las afueras, para intercambiar ideas o simplemente contarse los asuntos de la semana. Rodrigo estaba casado con Lourdes, una muchacha guapita y feliz. La mujer ideal para él, que era un joven emprendedor. Pues Rodrigo tenía todo lo que él en su vida se había encargado muy bien de reprimir: era audaz, no había querido estudiar porque “nada le gustaba”, y a una edad muy joven, había decidido ser comerciante, largándose por su cuenta con un pequeño negocio de fruta envasada y artesanías en &lt;st1:personname productid="la Costa. Le" st="on"&gt;la  Costa. Le&lt;/st1:personname&gt; había ido bien. Por eso había podido comprarse, pronto, aquél bonito chalet. Y tener un hijo, a los 22 años.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Si había algo que le cambiaba la vida a Jesús era la sonrisa de ese niño. Verle extender sus brazos hacia él, y venir corriendo, con sus piernecitas vacilantes, por el medio de la placita florida, cuando bajaban del auto, solía llevarlo al colmo de una ternura extática, jamás sentida antes, los domingos –y luego al recordarlo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Sólo que era un sueño. Cierta mañana, en que se había quedado en el lecho unos minutos más e Imelda se acercara suavemente para despabilarlo, se encontró con la sorpresa de su cara.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;–Estás sonriendo... –dijo ella –¿fue un sueño lindo?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;–¡Qué sueño!... ¡Hermoso! -contestó él. –Estábamos en la casa de nuestro hijo...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;–¿Nuestro hijo?–, se sorprendió aún más ella.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;–Bueno...–aceptó el, un tanto a desgano: –sólo un sueño; un sueño lindo, pero un sueño...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Y durante el desayuno prefirió olvidarlo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Pero comenzó a existir en vidas paralelas. La común, que había llevado hasta ahora, y la de los sueños. No todas las noches soñaba, pero cuando sucedía... eran tan intensos, que sus recuerdos le alegraban por largo tiempo e iban convirtiéndose –cosa curiosa–, también, en una memoria paralela.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Ahora sabía detalles de cómo había conocido Rodrigo a Lourdes –durante unas vacaciones en Córdoba–, que habían decidido irse a vivir juntos luego de que ella estuviese embarazada, que él había estado en la droga, por un tiempo, pero en gran parte gracias a ella y por amor a su hijo, la había derrotado... Ahora sólo vivía para su trabajo y su familia. ¿El nieto? Se llamaba Jesús Sidharta... Igual que él, pero el segundo nombre porque al conocerse, ambos se habían hecho budistas... ¡Qué chicos estos!, pensaba, sonriendo, mientras desayunaba...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;–Otra vez has soñado– oyó entonces a Imelda, que le preguntaba.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;–Sí –contestó él. –No te preocupes, vamos...–agregó, al ver una sombra en su cara –Es algo inofensivo... sólo sueños... pero si sirven para estar mejor, ¿qué problema con ellos?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;–Es cierto–, contestó ella, al parecer convencida.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Pero una noche soñó que Rodrigo había estado todo el tiempo preocupado, cuando le visitaran, ese domingo, y no le había querido decir la causa. Sólo por la tarde, ya cuando se aprestaban a subir al auto, para regresar, llevándolo un momentito aparte le cuchicheó “me van a rematar la casa”. Él no supo que contestarle, y cuando iba atinar a decir algo, comprendió que estaba despierto.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Anduvo malhumorado todos los días que restaban de esa semana. El viernes, 27 de agosto, le alcanzaron una notificación a su oficina: Martes, 31 de agosto, 10 Hs., Sala de Remates Judiciales. Propiedad ubicada en Barrio... Manzana... Helmann &amp;amp; Domínguez, abogados, contra Rodrigo Benítez, por cobro de pesos...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;¡Rodrigo Benitez! ¡Su hijo!... Se paró tan violentamente que todos sus compañeros le miraron: ¡el impasible Jesús!... ¡Nunca, en 35 años de compartir la oficina, le habían conocido esos movimientos!&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Decidió averiguar de inmediato mayores precisiones, consultando el expediente. Inusitadamente, también –solía cumplir rigurosamente sus horarios– pidió permiso al Jefe para salir antes.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Cuando llegó a Tribunales, sin embargo, no pudieron proveérselo. La oficina que lo guardaba se había cerrado, ya.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Durante ese fin de semana dejó de soñar en absoluto, pues casi no pudo dormir. Su angustia se multiplicaba porque había decidido no contarle nada de nada a Imelda. Lo tomaría por loco. Decidido a cargar solo con su cruz, pues, esperó estoicamente que llegara el lunes para correr a los Tribunales, con el propósito de constatar si verdaderamente se trataba de su hijo o era otra persona.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Esto último era casi seguro: no tenía hijos. Esa era la realidad. Lo demás, sueño. Más intenso o no, pero sueño al fin. A pesar de ello, le costó tanto fingir displicencia y serenidad durante la tediosa película y la cena del sábado ¡a lo largo del interminable domingo! como si llevase un cilicio con puntas de acero apretado a su cintura, mordiéndole furiosamente a cada instante.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;El lunes llegó, por fin, y no fue a trabajar. Imelda se dio cuenta de que algo gigantesco, extraordinariamente anormal, pasaba, cuando él le dijo: &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;–Telefonea a la oficina, diles que no voy a trabajar, pues estoy algo resfriado.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;¡En 35 años no había faltado jamás a la oficina! Aún con resfríos, o algo más fuerte, iba igual. No le explicó nada, sin embargo, y salió apresurado luego de tomar rápidamente el desayuno.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Por suerte la chica que atendía la oficina estaba, no había mucha gente, así que pudo atenderlo rápido y con amabilidad le permitió ver el expediente del juicio, luego de que se identificara.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;“Rodrigo Benítez Gondra y Lourdes Sanginés Alcántara”... leyó apenas poco después del encabezamiento... ¡eran ellos! ¡Gondra era el apellido de Imelda y Sanginés el de Lourdes, Alcántara debía de ser el de su madre!... ¡Oh no! ¿Cómo podía ser esto? ¿Y podía Dios ser tan cruel, haber determinado que fuese él, su propio padre, el verdugo, el encargado de rematar los bienes de su hijo?...&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;“Pero a ver, a ver...”, se dijo para sus adentros: “¡...mi hijo &lt;b style=""&gt;no&lt;/b&gt; existe! ¡no tengo hijo!...” Esta constatación detuvo un poco el torbellino de sus pulsaciones, se quedó inmóvil, pensativo, con el carpetón en las piernas, unos instantes, algo tranquilizado, pero con un sudor frío que recién ahora percibió le caía sobre toda la espalda.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Al volver a mirar el expediente, sin embargo, el corazón volvió a golpear rápidamente, y la sangre le puso encendida la cara: “Calle Magdalena Ruiz 721, Barrio Miraflores...” ¡Era la casa de ellos! ¡No podía haber tantas coincidencias! Por alguna razón, que él no entendía, el &lt;i style=""&gt;tenía&lt;/i&gt; un hijo, y tenía un nieto, que se llamaba Jesús (Sidharta), a ambos los quería más que a su vida... ¡y no podría rematarles la casa!... ¡Antes prefería morir, sí, se iba a suicidar, pero quitarle la casa a su hijo, no, eso hubiera sido lo último que haría en su vida!...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;“A ver, a ver”, se volvió a decir, para tranquilizarse... “¿Cuánto habrá que pagar? ¡Tal vez no sea mucho! Tal vez yo puedo obtener el dinero, llegar a un arreglo... Aunque después de emitida la sentencia, es difícil...”, se rectificó. El único camino que le quedaba era adquirir la casa él, y devolvérsela... pero esto tampoco era fácil...&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Generalmente los que adquirían las propiedades, cuando les convenía, eran los propios abogados. Con frecuencia los mismos abogados que decían “defender” al rematado. Las cosas se ponían difíciles para cualquier “extraño” que intentara participar de la puja, en esos casos, pues solía haber “pactos preexistentes” que determinaban una suerte de prioridad para los letrados. Aunque todo era posible, “tal vez hablando con ellos”, se dijo, podríamos arreglar.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Miró otra vez el expediente. Esta vez su cara no se encendió, sino por el contrario, debe de haberse puesto pálido. La base que se imponía era demasiado alta para sus posibilidades. No tenía ese dinero. Aún vendiendo algo no llegaría a la cantidad necesaria. Tampoco tenía amigos, como para pedirlo prestado. Sus ahorros apenas podrían cubrir un 20 % del depósito exigido. Y el remate era mañana.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Demudado, frío, tembloroso, se levantó con las manos extendidas para devolver la carpeta. La jovencita que atendía el mostrador lo miró por encima de sus anteojitos, extrañada:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-¿Le pasa algo, señor? ¿Quiere que le alcance un vaso de agua?&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;-No, no, está bien -contestó Jesús-, estoy bien, muchas gracias. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Y se fue.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span style=""&gt;   &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Jesús Benítez jamás volvió a su casa. No se supo desde entonces ningún dato sobre él. Su esposa, pasadas 48 horas, registró la denuncia ante el comando policial. Cinco años después lo dieron por desaparecido, y &lt;st1:personname productid="la Secretar￭a" st="on"&gt;la  Secretaría&lt;/st1:personname&gt; de Previsión Social le transfirió el salario que por ley le correspondía.&lt;span style=""&gt;            &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Después de esto, vivió sola. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt;Una noche, cuando apenas recordaba ya a su marido, lo soñó. Al despertar sintió la extraordinaria sensación de no estar despierta, sino de ser, lo que acababa de abandonar, la verdadera realidad. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style=""&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;En ella, había visto a un hombre de barba -su marido-, más canoso y anciano, a un joven que se le parecía, y más allá, en la playa, una muchacha con pollera de hippie, transparente, que jugaba pelota con un niño. De repente el niño dejó de jugar y pareció descubrir al viejo, que le miraba sentado desde la banqueta junto a una palmera. Fue un solo movimiento cósmico, el verse y correr uno hacia el otro... ¡Abuelito!, gritó el niño y al encontrarse, se unieron en un abrazo. En el sueño, Imelda pudo ver el rostro del anciano. En toda su vida no había tenido ante sí, antes, una expresión más perfecta de la felicidad.&lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoPlainText" face="georgia" style="text-indent: 1cm;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"  style="text-indent: 1cm;font-family:georgia;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/10798998-1503492228619174517?l=juliocarreras-cuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/feeds/1503492228619174517/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=10798998&amp;postID=1503492228619174517&amp;isPopup=true' title='3 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/1503492228619174517'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/1503492228619174517'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/2007/09/hijo-de-los-sueos.html' title='Hijo de los sueños'/><author><name>Julio Carreras</name><uri>https://profiles.google.com/102613398769440684916</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-V2EMWaLI-yI/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAKGA/1P9YRKv4WZ8/s512-c/photo.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://bp3.blogger.com/_kVMKcwChyPA/RvW_mP5Y_3I/AAAAAAAACsY/xz_fu-TbtQk/s72-c/hijo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-10798998.post-111159096338791754</id><published>2005-03-23T12:09:00.000-03:00</published><updated>2011-11-20T09:56:01.110-03:00</updated><title type='text'>Ananova</title><content type='html'>&lt;div dir="ltr" style="text-align: left;" trbidi="on"&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/img/49/4302/640/ananova.jpg"&gt;&lt;img border="0" src="http://photos1.blogger.com/img/49/4302/320/ananova.jpg" style="border: 1px solid rgb(0, 0, 0); margin: 2px;" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/2005/03/ananova.html"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color: #cc0000; font-size: 180%;"&gt;J&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;aír creyó primero que él mismo había escrito esa frase:&lt;br /&gt;“No hay garantías de que todo no esté ocurriendo, realmente, en tu  interior”.&lt;br /&gt;Pero cayó en la cuenta que desde hacía más de media hora estaba frente a la pantalla, con los brazos cruzados, viendo pasar los mensajes del chat.&lt;br /&gt;Banalidades. Luego de los primeros entusiasmos, quien accede a internet comprueba su semejanza con el mundo material: en cualquier parte del mundo, Asia o Europa, Burundi o Canadá, prevalece la estupidez. “¿Cómo te llamas?” “¿Adónde vives?” “¿De qué color son tus ojos?”, preguntas pitecantrópicas que uno puede escuchar en cualquier pub para adolescentes, se reproducen una y otra vez en los chats. Con la única... ¿ventaja?... de poder mentir con más facilidad. “Tengo ojos azules” puede mentir una adolescente guatemalteca y adjuntar, para probarlo, la foto de alguna modelito yanqui desconocida. “Soy licenciado en Leyes”, afirma quien jamás pudo superar el tercer año de la secundaria. Pero no más allá. Pues hasta esas frivolidades deben ser luego sostenidas con cierta inteligencia. Y en la red, si algo escasea es precisamente la inteligencia. Por eso Jaír se sorprendió al ver de repente esa frase, al menos pretenciosa. Se sorprendió más al ver que ahora se dirigían directamente a él:&lt;br /&gt;—¿Y?... ¡Milagreiro! ¡Te escribo a ti! ¿Estás dormido, o qué?&lt;br /&gt;—“Milagreiro” era el nick bajo el que se ocultaba. “Garota-blú” la que le escribía. ¿Es realmente una mujer?, dudó Jaír. Sería muy desagradable toparse nuevamente con algún trolo, como le había ocurrido poco tiempo atrás, en cierto chat “intelectual”.&lt;br /&gt;—Estoy aquí —contestó, cautelosamente—. ¿Tomaste esa frase de algún libro?&lt;br /&gt;—Tal vez. Tampoco estoy segura de no ser yo misma un libro, escrito por alguien superior contestó en el acto “Garota-blú”. Lo dejó asombrado. Decidió arriesgarse una vez más, aún bajo el temor de obtener sólo el pasaje hacia otra frustración.&lt;br /&gt;“Garota-blú” resultó ser (¿en realidad?) Ananova Rifkin. Hija de padre australiano y madre rusa, vivía en Inglaterra. Allí trabajaba como periodista, para una cadena de televisión. “Tuve la mala suerte de nacer bonita”, le había dicho en su segundo encuentro, cuando intercambiaron fotos. “Por ello tratan de usarme bajo ese aspecto, quitándome tiempo para la investigación o trabajos más serios”.&lt;br /&gt;Jaír disentía con este criterio. Era hermosa (si de verdad le había mandado su foto). El trabajar gran parte de su jornada en los noticieros, dando la cara al público, no dejaba de ser algo de considerable nivel. Pero secretamente pensaba que su opinión era interesada, pues si no fuese bonita difícilmente él estaría ahora chateando con ella todos los días —a veces hasta 3 chateadas por día—. ¿En qué irá a terminar esto? —se preguntó, y en el acto dibujó en su mente las palabras de censura: “al final somos todos pequeño-burgueses, mezquinos, frívolos... queremos asegurar el porvenir, extraer a los sucesos el máximo placer, garantizar los beneficios...”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ananova era &lt;em&gt;realmente&lt;/em&gt; conductora de noticias, en la British Highlander TV, habitaba &lt;em&gt;realmente&lt;/em&gt; en un pequeño barrio exclusivo de Londres. Y era muy hermosa. Jaír —quien era &lt;em&gt;realmente&lt;/em&gt; un Físico Nuclear de la Universidad de Sâo Paulo— viajó para conocerla, dos meses después de su primer encuentro. Ananova se acercó a él exactamente a las dos de la tarde de aquél sábado 14 de junio de 1997; Jaír sintió algo como cuando el ascensor se lanza repentinamente hacia abajo. Era un día milagrosamente primaveral en Londres; pasaron las horas caminando por los suburbios, hasta el crepúsculo.&lt;br /&gt;En su casita —rodeada de jardines— pudo comprobar que su cabello negrísimo era infinitamente más suave de lo que sugería la webcam, y sus ojos verdes no podían compararse en su belleza con nada conocido. Sabedora de esto, ella no los cerraba para hacer el amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En algún momento tiene que llegar lo desagradable —pensaba Jaír al vivir una situación placentera, cada vez. Durante la noche transcurrida en vela —él debía estar en la Universidad el lunes por la mañana, ella empezaba a trabajar esa misma tarde— Ananova descargó su problema. No era pequeño. Accidentalmente había descubierto un complot para precipitar al mundo hacia una nueva guerra. Según los miembros de una poderosa Logia inglesa —con ramificaciones en todos los continentes—, este plan se desarrollaría en tres etapas: primera, imponer gobernantes adictos en las mayores potencias, especialmente en la presidencia de los Estados Unidos. Segunda, urdir un gran atentado, un ataque extraordinario contra Occidente, para justificar la ofensiva. Tercera: lanzarse, con el mayor arsenal conocido en la historia, contra los enemigos de la civilización anglosajona. El resultado debía ser asegurarse el control absoluto de las mayores reservas energéticas y los territorios estratégicos de vital feracidad, para siempre. El riesgo de este plan era que una reacción imprevisible de Corea, China —”o incluso Rusia, de quien aún no debemos fiarnos”, habían dicho los conjurados— podría hacer saltar en millones de pedacitos al planeta entero. “Ninguna epopeya se cumplió sin graves riesgos”, sostuvo entonces cierto anciano muy flaco, que hasta el momento permaneciera callado. Sólo agregó que se debía tomar como claro ejemplo de ello a los Templarios. Ananova había captado esta reunión por un error de sintonía al manejar su moviola, mientras procesaba las noticias del primer informativo. Asustada, corrió a preguntar al Editor Senior qué debían hacer con ello. Este pareció sorprenderse mucho al principio, pero terminó aconsejándole que se tomara un par de días para relajarse: quizá el stress la estaba haciendo ver alucinaciones. O, en caso contrario, podía tratarse de alguna serie que el canal probaba, en vez de la videoconferencia que ella creía haber captado con su sintonizador de red. Pero a partir de allí, pese a que nadie había vuelto a referirse al asunto, habían aparecido aquellos hombres y mujeres extraños que ahora la seguían por todas partes.&lt;br /&gt;Jaír regresó a Brazil con agudo sentimiento de culpa. Por tranquilizar a Ananova, había terminado poniéndose al lado de quienes ella ahora odiaba. La desgastante discusión había terminado cuando ella, junto a la escalerilla del avión, le había dicho que no estaba segura de si deseaba otro encuentro. Iba a tomarse un tiempo para pensarlo. Pese a la saudade Jaír aceptaba las cosas con cierto fatalismo:&lt;br /&gt;—Yo he sido programado para ser un científico, no un revolucionario... —se justificó. En el acto sintió que algún lugar de su conciencia se llenaba de indignación. —¿Cómo puedo pensar así? —se recriminó—. ¿Quién podría haberme “programado” a mí? ¡Soy un ser humano, libre! ¡Puedo hacer lo que a mí me parezca mejor!&lt;br /&gt;Dos días después, luego de innumerables cuitas, que no le dejaban trabajar en sus investigaciones, tomó una arriesgada decisión. Escribió con el mayor detalle lo que Ananova le había confiado, y lo distribuyó, metódicamente, por e-mail, en cuatro idiomas, a los miles de contactos en todo el mundo que guardaba en sus bases de datos la Universidad. Cuando terminó la tarea, sintió un reconfortante alivio. Quiso conectarse con Ananova por el Messenger, pero ella no contestó: debía estar en la calle, sin su laptop. Vio el resplandor del amanecer filtrando por los ventiletes de la oficina, y apagó el ordenador. Fue lo último que hizo, antes de caer en la oscuridad, de la cual en apariencia ya nunca más volvió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El doctor Flavio Mendonza, nanotecnólogo de la Universidad de Sâo Paulo, se comunicó por teléfono con Jaron Lanier. Era temprano aún en Sudamérica; hora de un frugal almuerzo, en Londres.&lt;br /&gt;—Te dije que no debíamos dotarlos de sentimientos, ni de la capacidad de autotransportarse — masculló Mendonza, reprimiendo con gran esfuerzo su cólera. Luego de un expresivo silencio, Lanier le contestó en mal portugués:&lt;br /&gt;—Bueno, Flavio... tienes razón. Pero no dejó de ser una experiencia interesante... ¿en qué se hubiesen diferenciado de nuestras computadoras, si no les hubiésemos inducido los sentimientos?&lt;br /&gt;—¡¿Interesante?! ¡Tuve que eliminarlo! ¡Borrarlo de todos los sistemas! Decenas de años, el esfuerzo más grande efectuado jamás por mis neuronas, el resultado de casi toda una vida de investigación... ¡borrado con un solo click! ¡Y todo por tu Ananova!&lt;br /&gt;—No estés tan apocalíptico, Flavio... haremos otros... Después de todo, la cosa no fue tan grave...&lt;br /&gt;—¿Que no fue tan grave? Ahora todo el mundo sabe lo que sucederá. ¡El tuvo tiempo de avisar a miles de personas por e-mail!&lt;br /&gt;—¡Por ventura, Flavio Mendonza! —protestó Lanier, desde Londres—. ¿Acaso crees que alguien va a tomar en serio esa fabulación, cuando difundamos que fue creada por dos prototipos virtuales de inteligencia artificial?&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/10798998-111159096338791754?l=juliocarreras-cuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/feeds/111159096338791754/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=10798998&amp;postID=111159096338791754&amp;isPopup=true' title='6 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/111159096338791754'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/111159096338791754'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/2005/03/ananova.html' title='Ananova'/><author><name>Julio Carreras</name><uri>https://profiles.google.com/102613398769440684916</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-V2EMWaLI-yI/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAKGA/1P9YRKv4WZ8/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-10798998.post-110825576905828999</id><published>2005-02-12T21:46:00.000-03:00</published><updated>2007-10-01T14:07:12.868-03:00</updated><title type='text'>El mensaje</title><content type='html'>&lt;em&gt;¡Ay del que construye con sangre la ciudad y asienta la capital en el crimen!&lt;/em&gt; - Habacuc, 2,12.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     &lt;strong&gt;1&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Un mes hace ya desde que he llegado a Beirut. Después de la primera semana no he dejado de llorar, cada noche. No puede afirmarse de mí que sea un blando. He participado de muchos combates, en mis treintaidós años, he conocido cárceles de las peores. Sin embargo, mi cerebro no ha aprendido a soportar el espectáculo atroz del padecimiento humano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     &lt;strong&gt;2&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     El cargamento que he traído alcanza para hacer volar en pedazos el cuartel general de Obeid, y después derribar algo que pudiera quedar en pie de esta ex-ciudad. No he tomado contacto sin embargo con mi enlace libanés.&lt;br /&gt;     Debí de haberlo hecho apenas llegado, pero me detuve por una oscura impulsión. En mi ajetreada vida he aprendido a respetar más mis intuiciones que mis razonamientos, así que decidí esperar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     &lt;strong&gt;3&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Hace un mes que vago por Beirut. He visto niños y mujeres despedazados por las balas. He visto barrios enteros de pobres chozas convertirse en cenizas bajo los bombardeos. No puedo describir lo que he visto. Supera demasiado mi capacidad de expresión. Hace unas noches me desperté en la mitad de un sopor pesado, sin imágenes, y escuché una voz que me dijo con claridad: -Toma en tus manos el fuego y destruye a Moloch.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     &lt;strong&gt;4&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Nos hemos sentado con Mirnah en lo que otrora fuese una bella placita en medio de la zona de los Hoteles Internacionales. Aquí firmaron autógrafos Omar Sharif y Gina Lollobrígida. Otrora. No sabemos de qué hablar. Nos hemos amado cada día de los quince que hacen desde que la conocí. Me fue imposible evitar pese a ello culminar cada uno de nuestros acoplamientos sin llanto. Para mi sorpresa ella no me consideró un idiota, sino que me apaciguó envolviéndome en silencio con sus larguísimos cabellos, negros, ensortijados. -Ven -me dice de repente, con su voz hermosa- te llevaré con mi familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     &lt;strong&gt;5&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     El hermano de Mirnah me muestra el funcionamiento de un pequeño fusil de alta velocidad, con sistema láser de ajuste al blanco, que han recuperado de una base norteamericana. Por cortesía me ha dicho que simpatiza con los argentinos, y ha llegado a recitarme unas estrofas del Martín Fierro en francés. No les ha molestado saber que soy católico. Me asombra el modo en que esta gente me acepta en su seno sin indagar. Mirnah tiene evidentemente una gran ascendencia entre ellos. Esa noche cenamos humildemente con un numeroso grupo, en un sótano. Yo asisto con respeto a su sensible ceremonia religiosa, y musito a mi vez el Padrenuestro.&lt;br /&gt;     Después de cenar Mirnah me lleva en su moto con silenciador al hotel. Se queda en mi piso hasta la madrugada. Esta vez le ha tocado a ella. Sin comprender, bebo sus lágrimas y trato como puedo de apaciguarla. Me digo que no he visto en mi vida hermosura mayor que la de aquellos ojos grandes color sombra, húmedos con una tristeza que parece venir de la esencia más profunda de la condición humana. Se niega a que la acompañe otra vez, y me deja una opresión en el alma, al perderse entre la llovizna en la ciudad escombrosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     &lt;strong&gt;6&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     Leo en primera página del An Nahar que el coronel de inteligencia israelí Uri Hirsch resultó muerto, además de otros tres oficiales, en el atentado suicida realizado ayer por el Hezbollah. Los judíos tratan de explicarse cómo hizo para ingresar un automóvil cargado con explosivos en la zona de seguridad. El vehículo estalló al chocar frontalmente contra la camioneta que llevaba al coronel Hirsch, y ambos volaron en pedazos. Lo conducía una mujer, quien luego fue identificada como Mirnah Obahmani, dirigente de una importante columna del Hezbollah.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     &lt;strong&gt;7&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;     He decidido tomar contacto con los destinatarios del envío que traigo.&lt;br /&gt;     Alegando seguir instrucciones solicito una entrevista con el nivel máximo, como condición para entregar el armamento. Me lo han concedido. Cuando llego al suburbio ruinoso y diviso las moles del Ministerio de Defensa, me detengo y, dándome vuelta, pongo en funcionamiento el mecanismo que llevo bajo el asiento trasero del Jeep. A partir de este momento, tendré siete minutos. Exactamente el tiempo que demoraré en llegar al centro. No hay problemas para pasar por los tres controles. La credencial que me ha dado mi enlace vale. El sol del mediodía abrasa despiadado. Siento el sudor correr desatado por mi espalda y mojarme el culo y los testículos. El general Aoun conversa con otro de su rango, bajo un techo de cemento, rodeado de un séquito escudriñador y un bullir de soldados que van y vienen. Enderezo el Jeep hacia él, y luego de poner con un crujido la segunda aprieto el acelerador. Al comienzo hay sorpresa. Luego me apuntan tres, cuatro fusiles. Se astilla por completo el parabrisas, pero ya estoy encima. El vientre se me ha bañado en sangre. Veo la cara de horror de Aoun. No han podido pararme. Por suerte, he entendido el Mensaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;      Fernández, 7 de julio de 1987.&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/10798998-110825576905828999?l=juliocarreras-cuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/feeds/110825576905828999/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=10798998&amp;postID=110825576905828999&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/110825576905828999'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/110825576905828999'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/2005/02/el-mensaje.html' title='El mensaje'/><author><name>Julio Carreras</name><uri>https://profiles.google.com/102613398769440684916</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-V2EMWaLI-yI/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAKGA/1P9YRKv4WZ8/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-10798998.post-110825544769146534</id><published>2005-02-12T21:41:00.000-03:00</published><updated>2005-02-12T21:44:07.733-03:00</updated><title type='text'>Eufemia</title><content type='html'>&lt;strong&gt;I&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;¡Ah, tu cabeza me asustó!... Fluía de ella una ignota vida... Parecía no sé qué mundo anónimo y nocturno...&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Delmira Agustini&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;1&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quién iba a decirme que el amor iría a traer aparejada esta angustia, tres amores después de la ida, y el alma que no acierta en la alegría, melancolía, destellos de segundos, más, belleza más perfecta pero no calma el corazón, cada vez. Deambula el espíritu del poeta de aquí a allá sin posarse, las manos, delgadas, largas, y su voz, honda y lenta, ojos de almendra, pelo de cerveza efervescente y esa ausencia, ese silencio, tal vez fuera el camino por el que yo no debiera de haber ido. Tres idas y se repite: de nuevo estoy a las puertas del sepulcro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;2&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero regreso y te encuentro, inmóvil frente a mí, tu nariz de aletas anhelantes, los labios en serena sonrisa, qué raro, me dices, sí, me parece extraño tu amor, y ya lo creo, puesto que no soy más que la caparazón apenas contingente de un monstruo de mil facciones, sangre violenta y me miras, y tus ojos derraman una pátina de frescor sobre mi escaldada alma, Eufemia, te digo, no entiendes nada, no sabes nada pero sientes o vas a sentir, no sé, eres exquisitamente distante de todo y próxima, en tu alma (sensación de distancia como en el cuadro, en el cuadro del desierto ocre y plano, cubierto de líneas marrones convergentes y mi figura solitaria en algún lugar, mirándote, desde fuera y tú en el horizonte).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;3&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Alberto encarna el suspiro de un niño nacido en el balbuceo de un pensamiento, Eufemia flota silenciosa en la alborada, a su lado. Los algarrobos sin hojas destejen harina sobre el cielo violáceo; amanece. Flota, tu pelo espumoso, tu velo, celeste, en el aire de la madugada, tus pies largos, tus manos largas. Eufemia. Rodillas agudas y piernas doradas. Se acercan unidos por los hombros a la orilla del agua, luego la muchacha arrima su pie. Se estremece, le mira, riendo (risa de dientes, Eufemia, risa dorada). De pronto, cae. Las manos de Alberto se estiran, horror no puede alcanzarla, Eufemia lentamente cae, flotando y el agua la traga, abajo del río se la ve difusa, figura de pájaro azul que se desvanece horror y Alberto no puede alcanzarla. Después desaparece para siempre.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;4&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Has vuelto a la vida puede afirmarse... y lo haces llorando -me dijo Adriana con ademán de perplejidad. -Es cierto. No sé qué me pasa -mentí. Aún tenía el rostro mojado. Me sequé con el borde de la sábana. Me toqué la cabeza con cautela. La tenía cubierta con algo duro. El médico, benevolente, me explicó: -Se la hemos vendado con gasa enyesada, para proteger la zona de la operación.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;II&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Por ti me duelen los pesados perfumes del estío: por ti vuelvo a acechar los ginos que precipitan los deseos, las estrellas en fuga, los objetos que caen.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Pablo Neruda&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;1&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que renunciar a ti fue como arrancarme el corazón, no lo sabes. No soportar los tirones de los sentimientos no poder aclarar un camino; los recelos, las miradas, esa maraña interior que laboriosamente ha creado sobre nosotros y en nosotros la Humanidad (Adriana, los chicos, mi madre, mi padre, mis parientes, los parientes de mis parientes, toda la ciudad está llena de ellos aquí y allá, hacia atrás en el tiempo, las paredes están cargadas de sus pensamientos) rostros de humo que sobrevuelan mi ánimo al ir a verte, mi corazón en vez de cantar al cielo se desliza como apesadumbrado, tiene miedo... ¡miedo de amar, Eufemia, estoy loco!... Adriana me mira desde dentro de mí, incapaz de darme alegrías pero bien capaz de impedírmelas, hasta el grado de que no puedo amar, Eufemia. ¿Producirá tal vez un milagro tu voz distante, la no escuchada, o te consumirás callando? La simple enunciación sea quizás una esperanza, acaso no esté perdido mi corazón aún.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;2&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;La sola idea de que me olvides acentúa aquel escocer atávico del alma sin cambiar el escepticismo esencial de mi razón; la voz de tus imágenes se vuelve, por ratos, más verdadera que lo que supuestamente hay de verdad en esto y sin embargo sucede, se arrastra inevitable por entre los segundos, ¡qué pesadez el pensar, Eufemia, si tan sólo pudiera abandonarme a la paz de tu cuerpo, tu flotar; pero ni aun me está permitido en esta cárcel el dejarme ir sin hacer nada! Tanto mi cuerpo como mi pensamiento son ajenos y no puedo remediarlo. A menos que tu amor sirva el milagro de hacerlo todo posible sin mortandad ni violencia, se que yo solo no pudiera; tal cometido excede la dotación que se me dio poseer.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;3&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No viniste. La plaza estaba llena de ruidos bajo el cielo gris, gente cruzando a mi lado y mirándome -siempre me miran- las torres de la iglesia infladas de luz, sobrevolando el pórtico, tallas barrocas de terminación sutil, vitraux, fragmentos de vidrios astillados por alguna pedrada cruel percibo, la Virgen, no viniste. Mi corazón pese a estar preparado incubó tristeza, la tristeza angustia, melancolía de ti. Luego me fui caminando despacio, por entre el humo de los autos, la niebla, las luces de los comercios, el violeta espeso del cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;4&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Adriana te sacude tomándote del brazo te sacude con violencia y la miras sorprendida, el corazón lo tengo dentro de esa leve opresión que no cesa, las manos y los pies atados sin poder hacer nada, tiemblas sin defenderte y Adriana sigue su tarea precisa, por fin consigue conmover tu cuerpo y un pedazo de tu cabello, cae, luego tu frente y así de a pedazos vas desmoronándote y por fin desapareces. Al lado se oyen las respiraciones y el silencio, el fru-fru del delantal almidonado de alguna enfermera y esta soledad que no cesa. Adriana se ha ido apenas se desmoronó tu cuerpo, seguramente ha subido satisfecha a su auto gacel, ha viajado las pocas cuadras hasta casa aspirando su propio perfume de colonia y cosméticos y tal vez un cigarrillo francés; mi corazón está aquí de nuevo, junto a lo que no soy, adentro de este cuerpo. ¿Adónde vagarás ahora que no puedo imaginarte?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;5&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella me miró como asombrada con sus ojos café. -¿Te sucede algo? -me dijo. -No sé. Tal vez he estado soñando. Eufemia se quedó mirándome largo rato, junto al río. Yo seguía silencioso. Cuando se me dio hablar, dije: -¡Qué extraño!... Adriana... los chicos... mi familia, la familia de mi familia... ¡parecían tan reales!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Orillas del Limpopo, 6 de julio de 1988.&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/10798998-110825544769146534?l=juliocarreras-cuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/feeds/110825544769146534/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=10798998&amp;postID=110825544769146534&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/110825544769146534'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/110825544769146534'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/2005/02/eufemia.html' title='Eufemia'/><author><name>Julio Carreras</name><uri>https://profiles.google.com/102613398769440684916</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-V2EMWaLI-yI/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAKGA/1P9YRKv4WZ8/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-10798998.post-110825508007542137</id><published>2005-02-12T21:34:00.000-03:00</published><updated>2005-02-12T21:38:00.220-03:00</updated><title type='text'>El día potencial</title><content type='html'>El hombre abrió la puerta de su casa y salió a la niebla de la calle. Pensó: "qué pesada está  hoy la neblina". Los edificios y la vereda parecían flotar. A esa hora ya había mucho movimiento, de gente que iba y venía, de camiones, taxis y colectivos. Eran las ocho y media.&lt;br /&gt;A dos cuadras, cerca de la esquina, había un prostíbulo. Pensó en la ironía de aquellas muchachas, "trabajando" a plena luz, allí. Enfrente, plazoleta de por medio, había un jardín de infantes. Y entre ambos, al borde de la plazoleta, una parada de colectivos, donde esforzadas amas de casa esperaban con sus bolsas sobreorladas por los vegetales, mirando trabajar a las yiritas.&lt;br /&gt;La niebla ocultaba a medias los objetos, como en un sueño. De lejos vio la miniminifalda roja de una de las chicas, asomando. Su compañera permanecía semioculta; se veían las dos cabelleras rubias, a diferente altura, sacudiéndose con los movimientos pásmicos de las mujeres. Aun sin verla del todo reconoció a la de minifalda roja. Era una muchacha muy joven, alta, bonitas, de piernas perfectas: digna de figurar entre las gatitas de Porcel. El hombre se dijo que algún día hasta podría ser capaz de inducirlo a entrar; era bonita de veras. Se preparó, con una sonrisa interior, a recibir las cotidianas invitaciones de las chicas.&lt;br /&gt;-Buen día-, las saludó.&lt;br /&gt;-Buen día tesoro- contestó la más bajita.&lt;br /&gt;-¡Papá!... ­¡Vení!... ­No seas malito!... ­¡Vení, vení, que te como entero, papito!... -exclamó con chasqueante susurro la gatita que a él le gustaba.&lt;br /&gt;Se sintió halagado por aquel tratamiento, declinando pensar que era el habitual, por parte de las muchachas, hacia todo transeúnte varón. Entonces fue que sucedió el primer fenómeno. Cuando iba a posar de nuevo sus ojos en las piernas perfectas, las dos muchachas desaparecieron. Con un "flop", como cuando se desinfla un globo, todo el edificio del prostíbulo desapareció.&lt;br /&gt;El hombre se detuvo alelado. Atinó a estirar la mano, para probar si era cierto aquello. No pudo palpar nada. En el espacio que antes ocupaban el flaco edificio de dos plantas y las chicas, ahora se había formado un vacío oscuro, inundado de niebla.&lt;br /&gt;-Estaré soñando…- pensó el hombre. Y miró hacia el frente, asumiendo un instante el aspecto de quien pide ayuda. Mucha gente esperaba el colectivo. Un grupo de niños jugaban con su maestra, en la plaza. Al parecer nadie había visto lo que sucediera. El mundo estaba en orden; con excepción del prostíbulo y las chicas, todo seguía en su lugar.&lt;br /&gt;Decidió seguir caminando por la vereda neblinosa. La palma de su mano, apretando con exceso la manija del portafolios, empezó a humedecerse. Le dieron ganas de fumar. Tentó en el bolsillo de su saco una forma rectangular; la extrajo. No. Era el portadocumentos. ¿No había puesto los cigarrillos en el bolsillo antes de salir? Miró mecánicamente la foto polaroid:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nombre: Alberto Uno.&lt;br /&gt;Fecha de nacimiento: 19/09/49.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Nueve, nueve, nueve. Tres veces tres, por tres”, pensó. “Veintisiete. Otra vez nueve.” Ah. Ahí estaba el quiosco del gringo Pistarini. Se acercó a comprar cigarrillos. El gringo leía el diario.&lt;br /&gt;-¿Cómo le va, profesor? –dijo.&lt;br /&gt;-Bien, ¿y a usted? Demé un Parisién.&lt;br /&gt;-¿Vio lo del crimen de La Calera? ¿Sabe quién había sido? ¿Se acuerda del muchachito ese tan elegante, de aquí a la vuelta, el que vivía sobre Lavalleja? –le comentó sin pausa el gringo, ansioso por compartir la noticia. Alberto Uno se interesó.&lt;br /&gt;-¿Cuál, el buenmocito ese? –averiguó, mientras quitaba la cintita al paquete.&lt;br /&gt;-¡Ese, ese! ¿Se acuerda que todo el mundo decía, qué buen muchacho, tan educado, los padres deben estar orgullosos, trabajaba y estudiaba abog…&lt;br /&gt;Alberto Uno levantó los ojos, sorprendido por la interrupción. No estaba. El gringo no estaba. ¿Cómo podía ser? Metió la cabeza dentro del local, tratando de no aplastar con el pecho las cajas de caramelos y pastillas, pero no. Verdaderamente no estaba. Le volvió a la mente lo de las prostitutas. ¿Qué estaba pasando? Olvidándose de fumar, decidió seguir caminando, aunque con paso lento. Guardó el paquete en el bolsillo del saco.&lt;br /&gt;La calle Rodríguez Peña se poblaba de gente que iba y venía. Era una linda mañana. El sol destellaba, alto ya… pero esa niebla… Era extraño que a esa hora se mantuviera. Se solazó mirando a la gente presurosa, en la acera de enfrente, por entre el tránsito veloz de doble mano. Una muchacha con falda marrón y medias amarillas. Un viejo flaco, de chistera y flor en el ojal… ¡qué personaje!… Un… ¿qué pasa?… otro desaparecido… El gordo monumental, que caminaba haciendo a la gente abrirse a su paso como las olas de un acorazado… no estaba. Pero si él lo venía mirando. ¿Y qué sucedía, que la gente no decía nada, nadie ni se mosqueaba? Se detuvo un momento y se tocó la cabeza. Dura de gomina. “Qué carajo pasa”, pensó. “Me estoy tarando yo, o qué. Aquí está pasando algo. No me falla la vista, porque a la casa de las yiras la quise tocar, y no había nada.”&lt;br /&gt;Siguió caminando, cada vez con menos velocidad. ¿Qué haría?&lt;br /&gt;¿Iría a trabajar o se volvería a su casa? Se hacía tarde. A las nueve y diez tenía la primera hora. Las cosas estaban desapareciendo. Tenía miedo. ¿Y si desaparecía el suelo bajo sus pies? ¿Adónde caería? No, no podía ser. Algo estaba fallando en su mente. Mucho trabajo. Mucha lectura. Pero el argumento le pareció ficticio. Él no trabajaba en exceso. Y lo único que leía aparte de textos resumidos sobre su materia eran historietas. Eso podía ser. El Eternauta. Había leído hacía poco, dos veces, el libro completo de El Eternauta. Solano López, Héctor G. Oesterheld. Pero, ¿podía haber influido tanto en su mente?… Decidió seguir caminando. Era obstinado. Como cualquiera. Es más fácil ser obstinado que no serlo, pensó. Y vio que desaparecía un auto, y otro, pero siguió. Como los perros alemanes a los que ponían una granada al cuello y se iban hacia los tanques, pensó.&lt;br /&gt;De repente apareció ante sus ojos la magnífica vista del puente Avellaneda. Anchísimo sobre el río, gente que iba, gente que venía, autos; un mundo bullendo sobre el puente. Dos Córdobas, una de aquel lado, otra, más provinciana, para éste lado del puente, pensó… qué raro…&lt;br /&gt;En ese momento desapareció el puente. Enterito, como si se lo hubiera engullido el aire. No lo podía creer. Superado su temor por la curiosidad, caminó más rápido, para ver qué había sucedido. Llegó al borde mismo del vacío, adonde había estado el puente antes, y nada. Se agachó y tocó… no había nada. Pero la gente iba y venía,  por el vacío, y los autos. Pasó a su lado un muchacho en bicicleta; lo más campante, siguió por sobre el vacío, sin caerse en absoluto. Acompañándolo con la vista lo vio empequeñecerse hasta llegar al otro lado, doblar a la derecha y perderse en la ciudad.&lt;br /&gt;Como un conejo hipnotizado por la serpiente se dispuso a probar consigo mismo aquel portento. Acercó un pie al hueco; luego otro… y se cayó al abismo. Milagrosamente, logró aferrarse con los dos brazos al borde del pavimento, su mano izquierda se atenazó al pie metálico de la baranda... Dos hombres y una señora lo auxiliaron presurosos. Pronto se formó un nutrido grupo a su alrededor. Lo ayudaron a levantarse, la señora le limpiaba el saco con la mano, un hombre decía “no se amontonen, por favor, aire, aire”, otro decía: “a ver, paren un auto”, una mujer elegante le preguntó: “¿Se siente bien, señor? ¿Quiere que lo llevemos al hospital?” “Es un desmayo nomás, ya le pasó”, decía otro. Lo miraban con curiosidad.&lt;br /&gt;-Diganmé, ¿ustedes no ven nada?… en el puente… -exclamó Alberto Uno, pero algo que percibió en los ojos que le observaban le aconsejó no seguir en esa cuerda. En el acto cambió de discurso: -Me pasa con frecuencia últimamente… -dijo-. Mucho trabajo… Me agarró un mareo, veía todo borroso…-. Por suerte, las miradas se tornaron comprensivas.&lt;br /&gt;-¿Quiere que lo acerquemos hasta su casa? –preguntó la señora elegante.&lt;br /&gt;-¡Gracias, gracias! –replicó Uno-. ¡Ustedes son tan amables!&lt;br /&gt;¡Les agradezco mucho pero volveré caminando, vivo aquí, a tres cuadras! ¡Gracias!&lt;br /&gt;Caminó presuroso sin mirar a los costados, sin hacer caso a los vacíos cada vez más numerosos que advertía a su paso. Al fin, llegó hasta la puerta de su hogar. Abrió, se dirigió directamente a la habitación. Allí estaba Elena, durmiendo aún sobre la cama ancha. Menos mal. El camisón se le había levantado casi hasta la cintura, su pierna derecha formaba una gloriosa “V”, con el flanco interno del pie afirmado sobre la rodilla izquierda. Sin proponérselo, se encontró adelantando la mano. Bruscamente se detuvo. Tuvo miedo de que ella también desapareciera. Entonces, vestido como estaba, se acostó sin tocarla, a su lado, y puso el portafolios sobre las piernas.&lt;br /&gt;Durmió cinco minutos. Se despertó sobresaltado, pero Elena seguía allí. Apenas había modificado en unos grados el escaleno curvilíneo que formaba con sus piernas. En ese momento él se movió. Elena se dio vuelta, y  lo miró.&lt;br /&gt;-¿Qué te pasa, loquito? –le preguntó. Los ojos le brillaban, con sorna. Alberto acercó una mano temblorosa, y luego de una larga vacilación, le aferró un pecho. Elena se rió a carcajadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El joven físico Gustavo Carré vino a confirmar, con la narración que le hizo su amigo Alberto Uno, cierta presunción teórica sobre la cual venía trabajando desde hacía rato. Es la siguiente:&lt;br /&gt;Los objetos y los seres se desenvuelven en dos planos de existencia, complementarios pero impercibidos hasta el momento por la razón. Estos son, a saber, los de la materia potencial y de la materia en acción. Para comprensión de Alberto, que era un lego en asuntos de física, le explicó que ambos planos formaban una entelequia, algo comparable a la cinta sin fin que suele ponerse a los contestadores de teléfonos, y también, en cierto modo, a la de Moebius. &lt;br /&gt;En el plano de la materia potencial se desarrollaban los sucesos de seres y objetos en proceso de energizarse para la acción, es decir, aquellos que iban a suceder, pero no sucedían aún, más que en carácter de ensayos perfectibles. Así, aquellos sucesos podían repetirse una y otra vez, hasta que la carga de energía potencial los capacitase para atravesar el límite sutil que los separaba de la accionalidad (lo que nosotros llamamos comunmente realidad).&lt;br /&gt;La dimensión del segundo plano, la materia en acción, no necesita de explicaciones, pues se trata del que percibimos cotidianamente con nuestros sentidos.&lt;br /&gt;Volviendo al anterior, al de la materia potencial, Gustavo le dijo que una de las líneas del pensamiento humano se desenvuelve de modo asintótico  con él. Es la de los proyectos, o de la prospección. Cuando nosotros desde la cama, antes de comenzar el día, programamos las actividades que vamos a desarrollar -dijo Gustavo Carré- estamos realizando, sin tener consciencia de ello, una especie de mayéutica entre nuestro pensamiento y la dimensión de la materia potencial.&lt;br /&gt;El día de aquellos sucesos, por una situación extraordinaria –aunque ninguna realmente lo es, según Gustavo, ya que somos un concierto organizado hasta lo infinitesimal por el Gran Cerebro del Universo- tuvo lugar un entrecruzamiento de los dos planos. Por una discronía de los elementos, Alberto Uno había atravesado la frontera de otra dimensión, al poner el pie fuera del umbral de su casa. Y se había convertido, impensadamente, en el privilegiado testigo de una realidad que ya acariciaban con la imaginación los científicos más avanzados del mundo –sin atreverse a hacerla pública todavía. Quizás tal transvasamiento se hubiera dado por estar aún Alberto, en ese instante, psicológicamente ubicado en el terreno del sueño, donde es posible que se de un mayor acercamiento a esa realidad potencial…&lt;br /&gt;-Quizás –dijo dubitativamente Gustavo Carré-. Ahora, nos tocará a ambos el azaroso papel de Galileos. Por suerte, no existe ya el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición.&lt;br /&gt;-No –dijo Alberto Uno, en el mismo tono-. Pero existe el Borda. *&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*Hospital psiquiátrico de Buenos Aires, Argentina.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/10798998-110825508007542137?l=juliocarreras-cuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/feeds/110825508007542137/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=10798998&amp;postID=110825508007542137&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/110825508007542137'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/110825508007542137'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/2005/02/el-da-potencial.html' title='El día potencial'/><author><name>Julio Carreras</name><uri>https://profiles.google.com/102613398769440684916</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-V2EMWaLI-yI/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAKGA/1P9YRKv4WZ8/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-10798998.post-110825484939892916</id><published>2005-02-12T21:32:00.003-03:00</published><updated>2010-07-14T22:16:14.799-03:00</updated><title type='text'>El otro yo de Mr. Hyde</title><content type='html'>&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_kVMKcwChyPA/TD5ZjAOalVI/AAAAAAAAI8M/vaZXMcYneMo/s1600/victorian.jpg" imageanchor="1" style="clear: right; float: right; margin-bottom: 1em; margin-left: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="200" src="http://3.bp.blogspot.com/_kVMKcwChyPA/TD5ZjAOalVI/AAAAAAAAI8M/vaZXMcYneMo/s200/victorian.jpg" width="186" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;Lord Snowdon esperaba, en la humilde salita de Mr. Hyde. Había venido a encargarle un trabajo sucio. De repente vio salir de su habitación a un desconocido alto y buenmozo, quien lo saludó con una suave inclinación antes de retirarse. Lord Snowdon lo observó con curiosidad, pues había creído hallar algo extraño en él (aparte de haber emergido impensadamente de la pieza de Hyde). En efecto, tras una fugaz ojeada, comprobó que pese al refinamiento de su porte, la ropa del caballero le quedaba chica.&lt;br /&gt;Esperó infructuosamente a Mr. Hyde, durante una hora. Al cabo, decidió entrar. Encontró en la habitación el desorden previsible, mas algo le llamó la atención. No sabía que Hyde tuviera veleidades de alquimista. Sobre una mesa reposaban redomas, probetas y alambiques, junto a instrumentos varios de medición; tras de ella un armario-vitrina ostentaba innumerables frascos y cajitas, etiquetados cuidadosamente y ordenados con escrúpulo. Un libro de anotaciones, abierto, mostraba fórmulas complejas asentadas a pluma, con letra regular y precisa. A su lado, un vaso de experimentación humeaba aún, vacío. Lord Snowdon se fue intrigado y decepcionado. Era evidente que Hyde se había escabullido por alguna salida secreta.&lt;br /&gt;Algunos días después‚ Lord Snowdon concurrió a una velada, en compañía de su joven y adolescente esposa, la bella Lady Christinne. Allí les presentaron al distinguido caballero que había visto salir de la pocilga de Mr. Hyde. Les dijeron que era el Dr. Jekill, descendiente de una familia de científicos, emigrados a Norteamérica‚ en tiempos de la colonia. Según declaró, muertos su padre y su madre, no le quedaba razón para permanecer en el cada vez menos soportable "nuevo mundo". Lord Snowdon se alejó un poco del grupo, para contemplar a Jekill a su gusto y reflexionar. Sí, seguía hallando algo de extraño en aquel individuo. Decidió investigarlo.&lt;br /&gt;No le fue difícil dar con su dirección. Por esas cosas del snobismo burgués‚ -rasgo característico de la época- se había convertido, a poco de llegar, en el médico de moda. Luego de un paciente control, que le insumió varios anocheceres y madrugadas, llegó a establecer que el médico practicaba una inusual rutina. Era ésta: llegaba a su consultorio muy temprano en la mañana. Desde ese momento permanecía en el edificio, hasta la hora del crepúsculo, o a veces hasta altas horas de la noche. A esas horas, iba al reducto de Mr. Hyde, donde aparentemente pernoctaba. Algunas veces le perdía de vista, en las intrincadas callejuelas de Londres, pero una cosa era cierta: dormía indefectiblemente con Hyde.&lt;br /&gt;Lo extravagante del asunto consistía en que este Dr. Jekill -o como se llamase- había comprado una amplia casa en la zona residencial, amoblándola por completo. Allí, había instalado su consultorio, e incluso había contratado a un valet, un ama de llaves y numerosa servidumbre. ¿Por qué, entonces, iría a dormir con Hyde, en un incómodo departamento de ocho por cuatro en los barrios bajos?&lt;br /&gt;Lord Snowdon no era demasiado inteligente pero poseía mucho tiempo. Le llevó muchas noches completas de paciente control la investigación que obtuvo, como premio, establecer las raras costumbres de estos dos individuos. En esos períodos de estática vigilancia, ora frente a la vivienda de Hyde, ora frente a la de Jekill, meditaba. Se le ocurrió una explicación bastante absurda, pero luego de muchas vacilaciones la aceptó. ¿Acaso el famoso chevalier Dupin no había llegado por este método a la resolución de varios crímenes? Por una serie de indicios encadenados, Lord Snowdon arribó a la convicción, decíamos, de que Mr. Hyde y el Dr. Jekill... ¡eran la misma persona!&lt;br /&gt;La aserción adquirió solidez poco a poco en su mente. Hyde era un delincuente, un marginal de la sociedad, que, harto de tal degradación había encontrado el modo de huir de su condena existencial. A través de quién sabe cuan largas y misteriosas experimentaciones -quizás guiado por algún científico loco- había logrado una fórmula para cambiar de personalidad. Logrado este propósito, convertido en un ser que era precisamente su contrario -y justamente por eso agraciado y amable- no le resultó difícil encandilar a la frívola sociedad londinense. Sin duda contaba con abundantes fondos -producto seguramente de toda una vida de pillerías-; de otro modo le hubiera sido imposible dotar a su creación del nivel de vida que ostentaba. Era evidente, sin embargo, que no había logrado la receta para permanecer definitivamente en su aspecto de "Jekill". Sin tal supuesto no se explicaría que se viese obligado a regresar, noche tras noche, a la infame madriguera de Mr. Hyde. Todo esto meditaba el Lord, mientras vigilaba.&lt;br /&gt;Pese a las quejas de su joven esposa, Lord Snowdon persistió en sus agotadoras investigaciones nocturnales. Se le había fijado en la mente un empeño: iba a develar este caso. Noche a noche, semana tras semana se mantuvo como un soldado, alternativamente ante las moradas de Jekill y de Hyde. Así esperaba acumular la serie de evidencias que, llegado el momento, le permitirían entregar el caso resuelto a las autoridades.&lt;br /&gt;Una noche esperó en vano. Ni el Dr. Jekill ni Hyde se mostraron. ¿Qué sucedía? Tal vez había llegado el momento de actuar. Presuroso, Lord Snowdon acudió a Scotland Yard. Cuando regresó con los agentes, halló la vivienda del abominable Hyde vacía. Corrieron a la casa de Jekill. Tampoco había nadie. El pájaro había volado. Los criados no estaban, el consultorio no daba muestras de haber sido usado en varios días, y los guardarropas desocupados indicaban que su propietario había emprendido un largo viaje. ¿Bajo qué personalidad lo había hecho? Tal vez nunca lo sabría. Desalentado, Lord Snowdon regresó caminando a su residencia.&lt;br /&gt;Allí, le esperaba una sorpresa: no encontró a su esposa por ningún lado. Atacado de repentina suspicacia, corrió a la caja fuerte. La halló despojada de caudales.&lt;br /&gt;Desconsolado en extremo, tuvo que acudir nuevamente a Scotland Yard. Luego se retiró a descansar, en su casa de campo. Creía merecerlo. El largo período de investigación y los últimos acontecimientos le habían agotado.&lt;br /&gt;En aquel lugar, varios días después, los detectives tuvieron que narrarle el conjetural destino del "otro yo" de Mr. Hyde. Al parecer había partido, cargado de equipaje y dinero -dejaba abundantes propinas por donde pasaba- hacia un paradisíaco lugar de Suramérica, donde proyectaba radicarse definitivamente. Quienes los vieron, juraban que la joven dama que le acompañaba, con el muy presumible propósito de endulzar sus horas, era la mismísima, adolescente y bella, Lady Christinne.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/10798998-110825484939892916?l=juliocarreras-cuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/feeds/110825484939892916/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=10798998&amp;postID=110825484939892916&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/110825484939892916'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/110825484939892916'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/2005/02/el-otro-yo-de-mr-hyde.html' title='El otro yo de Mr. Hyde'/><author><name>Julio Carreras</name><uri>https://profiles.google.com/102613398769440684916</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-V2EMWaLI-yI/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAKGA/1P9YRKv4WZ8/s512-c/photo.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_kVMKcwChyPA/TD5ZjAOalVI/AAAAAAAAI8M/vaZXMcYneMo/s72-c/victorian.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-10798998.post-110825471591899320</id><published>2005-02-12T21:26:00.000-03:00</published><updated>2005-02-12T21:31:55.926-03:00</updated><title type='text'>Encuentro con Maia</title><content type='html'>Para qué hablar de lo que sentí cuando llamé y no contestaba; había viajado novecientos quilómetros sólo para verla -en realidad era eso, me mentía a mí mismo que no era lo central, me decía tengo un montón de cosas que hacer en la ciudad, pero en realidad sólo viajé por ella: (como otras veces, mi corazón es un sensible pulsador de emociones y matices de los sentimientos, me lleva, por suerte no he acumulado en el cerebro tantos prejuicios como para evitarlo), después del pésimo viaje en tren, decía, que prometí no repetir nunca más - ese estúpido culto por la austeridad de los europeos con quien trabajo-, decía, esperé tres días (ella había ido a pasarlos en Santa Teresita, con la familia) que pasaron muy lentos para mí, claro, y ahora la llamo y la guanaca no contesta; mientras marco de nuevo el maldito número hojeo "El Clarín" sobre la cama y veo: "Litto Nebbia y los Músicos del Centro", en el Odeón a las ocho, voy a verlos, me digo, a escucharlos y ya me engancho con eso, aunque no sin dolor; ya me empiezo a preparar el alma para no verla; no quiere, me digo, no levanta el tubo a propósito, me digo, se ha reconciliado una vez más con su marido, la fiesta, el encuentro, los días de campo, la arena, los niños, me la imagino tomando sol junto al mar, sus piernas sólidas pies pequeños vientre blancodorado ombligo grácil (aunque en la única vez que nos encontramos antes no la hubiera visto sino con campera negra y jeans), a su lado la hermana, la mamá, blancos cabellos pesados, y él, su compañero de muchos años difíciles ella diciéndose: "no, no voy a seguir con esto, la separación no es más que otra de las tantas, lo intentaremos de nuevo", y luego caminando juntos contra el rojo del mar ya no como enamorados, no, no de la mano, no, sino como... ¿amigos?..., o mejor, socios, de una empresa en bancarrota, contándole todo y diciéndole "él me iba a dar cierta luz que entre nosotros no existe": por eso el teléfono mudo, carajo, y yo aquí como un boludo marcando después de haber viajado al pedo, pero es mejor así, me miento, por sus niños, deben intentar de nuevo, lo voy a ir a ver a Litto Nebbia, todo está bien, a ese teatro fuimos una vez con Susuki a ver "A quemarropa", Lee Marvin, buen recuerdo (no Lee Marvin sino las gambas larguísimas de Susuki Pedretti apretando con fuerza mis dedos para que no suban más) salgo a la calle, limpio, bañado, perfumado, listo para el amor pero me río en el acto, "amor del aire" pues Maia es ya sólo un recuerdo, toda la gente camina en sentido contrario a mí -me parece- tomo un colectivo, voy a la empresa de los europeos y llego justo para una maldita reunión social, atravieso los grupitos elegantes, llego al teléfono, marco: nada, la puta que lo parió, me digo, lo voy a ir a ver a Litto Nebbia y chao, esta mina no me va a matar la alegría, me escabullo como puedo de los requerimientos; entonces una determinación se va abriendo paso, autónoma, en mi corazón: voy a ir a su casa, a mí no me va hacer venir para borrarse sin al menos decime "gracias por cumplir con la cita, pero no va más" y me encuentro caminando hacia la terminal, me encuentro en la terminal, me encuentro con el boleto en la mano haciendo cola para los colectivos que van a La Plata; ya no voy a ir a ver a Litto Nebbia, seguro: son las 8 y veinte, conservo el rostro inexpresivo mas miro con ansiedad a los costados, ¿por qué imagino que puede bajar de uno de los colectivos que van y vienen?, miro hacia atrás, veo una cabellera caoba, leve, enmarañada y de bucles hondos, me sobresalto, casi la encuentro, así me pasó luego de la primera vez por el centro, la vi pasar, piernas bellísimas, salí corriendo, nalgas subversivas entre la multitud, la llamo por su nombre tomándola del brazo, sólo para recibir una mirada feroz de la muchacha, bastante parecida, me consuelo, mezcla frecuente en Buenos Aires, de español, italiano y alguna sangre centroeuropea produciendo esa belleza que, fíjense ustedes, ya Rafael Sanzio preanunció; al fin me toca subir al colectivo veo sus ojos azules frente a mí el domingo siguiente, a las tres de la tarde, con el fondo de los antiguos marcos marrones de las puertas y ventanas del café y los autos perezosos que transcurren las calles angostas de Congreso, veo la plaza con las enormes estatuas, las palomas, el edificio reiterando en mi memoria su simbolismo ambiguo del poder en tiempos de paz, siento su abrazo, sus pechos hermosos redondos contra mi cuerpo, su boca en mí, gente pasando, mirándonos, mirasonriendo, hacemos linda pareja, siempre hice lindas parejas, la veo frente a mí sentada en la silla antigua del café, contándome que al hecho de que su padre era camarista en la época del proceso le deben el haber salvado la vida, tuvimos que irnos a Salta, cinco años metidos en el campo de mi tío, el usó su título de ingeniero agrónomo, habíamos estado con Montoneros, aquí, me dices y yo termino de aceptar que esa hermosísima mujer de voz suavemente grave está ahí, para comprobarlo te tomo de la mano un poco bruscamente y en el movimiento vuelco el vaso con soda, qué hacés loquito me dices, otra vez, te ríes, se te marca esa arrugita tan única de la comisura, me muestras tus dientes de coneja refinada, voy mirando con curiosidad los bloques de edificios por la ventana, mientras, anochece, nos metemos en un túnel negro y desembocamos sobre un puente tenebroso, todo evoca muerte, por acá se manejaban las patotas de secuestradores, me digo, cuánta muerte en mi país, mi Dios, y pienso nuevamente en vos, cómo te has metido en mí, muchacha, qué pasa, otro colectivo se ha parado en el camino y la gente haciendo señas, sonamos; nos detuvimos, el otro chofer explica y sube la gente, renegando, transpirando, aún espero encontrarla entre ellos pero ya débilmente, ausentemente, una certidumbre se me va gestando en el corazón a medida que nos acercamos a La Plata, a medida que aparecen los edificios blancos, casitas bonitas, estaciones de servicio, no sé en qué momento nos pusimos en camino entonces te veo llegar, sábado por la noche, ojos arcanos, cabello humedecido, toda de negro y marrón, me mataste, pienso, camisa en seda bordada pulóver pelo de llama sobre los hombros, sandalias, franja de cuero sobre tu empeine bellísimo y un medallón de hierro: "me mató", pienso, mientras te miro por tras del vidrio y las rejas coloniales, hierro forjado y quebracho en la puerta cancel, me demoro con la gran llave para mirarte bien, las once en punto, sonríes, te beso; cierro la puerta de calle y vuelvo: cenamos con cerveza y dos velones en el ancho comedor, aparece La Plata en la distancia, abro la ventana, enseguida estamos en medio de las calles intrincadas y los pocos autos, la terminal, bajo embotado de pensar en ella con tanta intensidad, una terminal vieja y amarillenta bajo los focos, voy al teléfono público, marco (corazón palpitando en la boca) me atiende un niño, voy a llamarla me dice, oigo tu voz (aún no lo creo): "¿estás aquí, en serio?", me dices, "¿no quedamos en que vendría?", digo, "¿de dónde me hablas?", "de la terminal", "¿en serio?", te ríes, "claro", digo, "¡qué loco!", me contestas, "estaba saliendo para despedir a Papá que viaja a España, está bien, dices, me arreglaré para no ir, me arreglaré, en cuarenta minutos estoy ahí, a las once menos diez tu cuerpo blanco como en La merienda campestre, de Manet, sólo el slip oscuro, bordado, tus pies hermosos junto a los míos, mi cuerpo quemado por el sol, tu delicado olor, me despierto en medio de la noche y te encuentro en mí, tengo que esperar (¿por qué habrá dicho "menos diez"?), pregunto la hora, me voy a caminar por las calles aledañas, esta ciudad me recuerda a Río Cuarto, una avenida ancha, descendente, parecida también a La Cañada; calles oscuras, gente vestida de un modo provinciano, camino media hora y recojo todos los olores de esa noche primaveral yo conozco un lugar, dijiste aquél sábado, bajamos de tu auto pequeño, un boliche coqueto, con escalinatas de piedra, en las afueras de la ciudad, carlitos y cerveza, medialuz, muchachos y chicas danzando tranqui tranqui, "esta noche, es una noche sensacional", decía Porcheto, estoy loco por vos, lo sabes, quizá tú también, pero por qué a la tarde siguiente, luego que todo hubiera pasado y se acercaba el momento de la despedida, antes de cruzar la anchísima 9 de Julio, tuve temor de que me empujaras bajo el horrendo vértigo de los autos, y retiré el brazo que me aferrabas; habíamos andado -después del boliche-, hasta el amanecer, querías ir conmigo a Buenos Aires, vacilabas por los niños, "mañana", te dije, a la postre ahora estaba menos impaciente que vos, "mañana", y qué julepe cuando me llevabas a la terminal y al salir de un giro encontramos una pinza, "como las del proceso", dijimos después, porque hasta pasarla nos quedamos mudos, una mujer joven se ha puesto a darme la lata, me he sentado en un banco sucio de la terminal; me da pena imaginar su decepción cuando Maia aparezca (¿aparecerá?), pero es imposible no ser cortés: estoy contento al mango; la conversación se ha puesto animada, ella se acerca un poco y me cuenta que dentro de una hora va a viajar a Mar del Plata, de repente siento algo, me doy vuelta, allí está, acreciéndose por el pasillo con pantalón negro, escarpines y un buzo amarillo con capucha, el pelo recién lavado; me levanto, dejando a la mujer del banco sorprendida, tus increíbles ojos lapizlázuli se humedecen y sonríen, me besas, suavemente, en la mejilla: "Tengo el auto aquí a la vuelta", dices. Y nos vamos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/10798998-110825471591899320?l=juliocarreras-cuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/feeds/110825471591899320/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=10798998&amp;postID=110825471591899320&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/110825471591899320'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/110825471591899320'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/2005/02/encuentro-con-maia.html' title='Encuentro con Maia'/><author><name>Julio Carreras</name><uri>https://profiles.google.com/102613398769440684916</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-V2EMWaLI-yI/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAKGA/1P9YRKv4WZ8/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-10798998.post-110825433091663115</id><published>2005-02-12T21:24:00.000-03:00</published><updated>2005-02-12T21:25:30.920-03:00</updated><title type='text'>Alberto después de la cloaca</title><content type='html'>Bien, miren, para no hacerles perder tiempo, trataré de contar esto rápido. No sé si será muy interesante. Yo iba caminando, una noche brumosa, por la calle Olaechea y Alcorta, al lado del Parque. Reconozco que había tomado mis dos copas. Pero no iba machado, no. Apenas contento. &lt;br /&gt;      De repente, me caigo. No sé cómo ni dónde, porque el suelo desapareció bajo mis pies. Sin dolor, me encontré sentado en el suelo de un recinto como de 30 metros cuadrados, similar en su forma a una bombona de las que se usan para guardar elementos gaseosos. A izquierda y derecha agujeros, con sus bocas redondas. &lt;br /&gt;      -¡Zas -digo-, me he caído en una encrucijada de cloacas!- Y me dispongo a ver el modo para salir de allí. &lt;br /&gt;      De sólo mirar me convenzo de que no me va a ser posible trepar. Ni se ve la boca de salida. Debe ser por la noche, pienso. Lo cierto es que me largo por una de las tuberías. No sin aprensión, claro, pero a poco me sorprendo porque está todo limpio. Ni sombra de suciedad. Una vez andados cerca de 100 metros me percato de que las supuestas cloacas eran de un material muy liso, como plástico o algo así, no cemento. "Habría que felicitar al gobierno", me digo. No termino de pensar esto cuando, ¡bum!, caigo de nuevo. Otra vez en una bombona de tuberías. Bueno. Elijo otra tubería al azar y me largo nuevamente.&lt;br /&gt;      Al final de ella, encuentro como una conexión, dos bocas a izquierda y derecha. Hago ta-te-tí y me zampo en la de la izquierda. Pero qué les &lt;br /&gt;      cuento, no llego ni a la mitad, cuando: ¡bum! De nuevo abajo. "Esto se está poniendo poco original", pienso. Y decido seguir. Por suerte está todo limpio. Mi traje ni siquiera se ha salpicado. Así continué un rato largo, subiendo y bajando, al este y al sur, y también al norte, y quizá al noroeste, hasta que agarré al fin un tubo que ascendía. Subí y subí, esta vez sin caídas, y cuando vi la luz del exterior como a cincuenta metros, tuve miedo. No vaya a ser que justo ahora caiga de nuevo, dije (en voz alta, total nadie me escuchaba). &lt;br /&gt;      Pero no. Tranquilamente, llegué al final. Y salí a mi ciudad. ¡Oh sorpresa! Ya no era la misma. Yo, a Santiago la conocía como a la palma de mi mano. Los veinticinco años que tenía los había pasado aquí. Era Santiago, pero... ¡cómo había cambiado! La gente iba vestida de un modo diferente. Todo estaba lleno de autos muy feos y el ruido era insoportable. Había emergido cerca del Mercado. &lt;br /&gt;      -Disculpe señora- le dije a una chipaquera, que vendía en la calzada- ¿en qué fecha estamos? &lt;br /&gt;      -2 de agosto- me contestó la vieja, sin dejar de masticar. &lt;br /&gt;      -Pero ¿de qué año?- digo. &lt;br /&gt;      La vieja me mira como si fuera opa, y me contesta: -De 1989 , pues. &lt;br /&gt;      ¡Qué! ¡Han pasado 54 años! ¿Cómo puede ser? ¡Con razón está todo tan distinto! Rápido agarro por la Pellegrini, en busca de mi casa. Llego a la 25 de Mayo y doblo, con el corazón a toda carrera. Media cuadra. &lt;br /&gt;      Allí está. Mi casa. Apenas un poquito más vieja, pero bien pintada. Cuando estoy por abrir la puerta digo: "no, quién sabe si ha cambiado de dueños". &lt;br /&gt;      Y decido tocar el timbre pues la aldaba ya no está. Son las diez de la mañana. Me atiende una morenita como de diecinueve años. &lt;br /&gt;      -¿Señor? -me dice. &lt;br /&gt;      -Digamé, ¿quién vive aquí? -le pregunto. &lt;br /&gt;      -La familia Revainera. -Ah, entonces he venido bien, le contesto, porque yo también soy Revainera. &lt;br /&gt;      Me hacen pasar y conozco a la dueña de casa. El marido no está, trabaja en el banco. Pregunto el nombre del marido. No me suena. Pregunto cuántos años tiene el marido, veintinueve, me dice. ¡Lo parió! ¡Es mayor que yo! &lt;br /&gt;      Cuando vuelve el tipo del trabajo no puede creer que yo soy Alberto Revainera. &lt;br /&gt;      -¡Pero si ha muerto hace más de cincuenta años! -me sostiene. &lt;br /&gt;      -Y ¿de qué ha muerto? -digo sin convicción.&lt;br /&gt;      -¿Sabe que no lo sé?... -contesta-. Y ahora que lo dice... mi padre y la familia solían comentar que el tío Alberto había desaparecido de un modo muy raro... &lt;br /&gt;      Al fin mi sobrino-nieto tuvo que creerme que yo era yo. Le mostré la libreta. Toda una prueba, como se sabe. &lt;br /&gt;      De a poco, los viejos de la familia empezaron a desfilar para observarme. &lt;br /&gt;      Los viejos eran mis sobrinos, mis primos menores. ¡Qué cosa! Con el tiempo, todos se habituaron a mí y a nadie llamó la atención verme a diario. &lt;br /&gt;      Por suerte mi sobrino-nieto no se negó a darme la misma habitación que ocupaba hace cincuenta y cuatro años. Conseguí un puestito en la municipalidad. ¿Qué más se puede pedir? &lt;br /&gt;      Bueno. Esta es la historia. No sé si les habrá parecido interesante, como para poder figurar en algún anecdotario. Hace poco me he puesto de novio. &lt;br /&gt;      Ella es muy buena y le encanta escucharme contar historias de mi tiempo, como el fusilamiento del cabo Paz, por ejemplo. Lo único que no me gusta, de las chicas de ahora, es que son un poquito liberales.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/10798998-110825433091663115?l=juliocarreras-cuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/feeds/110825433091663115/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=10798998&amp;postID=110825433091663115&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/110825433091663115'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/110825433091663115'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/2005/02/alberto-despus-de-la-cloaca.html' title='Alberto después de la cloaca'/><author><name>Julio Carreras</name><uri>https://profiles.google.com/102613398769440684916</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-V2EMWaLI-yI/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAKGA/1P9YRKv4WZ8/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-10798998.post-110825382360406658</id><published>2005-02-12T21:12:00.000-03:00</published><updated>2005-02-12T21:17:03.606-03:00</updated><title type='text'>Jericó *</title><content type='html'>&lt;em&gt;...no busquéis a Betel, no vayáis a Guilgal, no os dirijáis a Berseba; que Guilgal irá cautiva y Betel se volverá Betavén&lt;/em&gt;.- Amós, 5:5&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;      Codorlahomer, rey de Petra, desmontó y besó la tierra. Diez mil soldados relucientes le seguían. Tras ellos, un pueblo innumerable, compuesto en su mayoría por desarrapados. Codorlahomer observó el lugar donde sus abuelos le contaran se levantaba Jericó. Un desierto ocre, inanimado, bordeado por bajas colinas. &lt;br /&gt;      Seguido por sus mariscales, se retiró a orar en Galloti, el mismo sitio que Josué pisara descalzo. Después, visitó el monolito de Acán. El rey de Petra tenía una obsesión: reconstruir la ciudad-fortaleza de Jericó. Y había logrado despertar en su pobre pueblo la pasión que lo desvelaba. &lt;br /&gt;      Finalmente abandonaron Petra, ciudad de soldados y mendigos, en busca de la tierra prometida. &lt;br /&gt;      Una sola persona se había opuesto con tenacidad al proyecto: Sirah, preferida de Codorlahomer y madre de sus dos hijos. Ellos mismos -ambos oficiales del ejército- hicieron ingentes argumentaciones para convencer a su madre. No hubo caso. &lt;br /&gt;      La construcción de los cimientos dio trabajo a todos, y consiguió la confraternidad de pobres y ricos. Allí ocurrió la primera desgracia. &lt;br /&gt;      Nadie sabe de qué manera el cargamento de piedras que traía un carro se desmoronó, sepultando a un joven trabajador de las zanjas. Cuando lograron desenterrarlo, un soplo de pavor excitó al pueblo. Quien había muerto era el hijo mayor del rey. &lt;br /&gt;      Codorlahomer, atravesado por la espada del dolor, peregrinó nuevamente a la tumba de Acán. Allí interrogó a Dios sobre cuál pecado había cometido. &lt;br /&gt;      Pero las piedras permanecieron mudas; el Señor no se dignó a dar respuesta. &lt;br /&gt;      Pese a los ruegos y plañidos de Sirah, la madre del infortunado, la construcción siguió. La hermosa mujer madianita decidió entonces no peinar más sus cabellos, y se paseó cubierta sólo de harapos, en señal de protesta. Codorlahomer no le hizo caso, y duplicó las raciones de trigo para los obreros que se destacaran. &lt;br /&gt;      Tras dos años de dura tarea, el milagro se materializó. Donde antes fuera desierto, se levantaba imponente una roja y reluciente muralla. &lt;br /&gt;      Precisamente allí fue donde ocurrió la segunda desgracia. &lt;br /&gt;      Fue al trasladar las inmensas puertas de hierro que sellarían la ciudad. &lt;br /&gt;      Inexplicablemente, una de ellas se desplomó luego de colocarla. Alguno se consoló apresuradamente, pues aunque era alta y voluminosa había aplastado solamente a un hombre. Mas esa ligereza se transformó en ayes, cuando se comprobó que el muerto era Benjamín, el último hijo del rey. &lt;br /&gt;      El desconsuelo de Codorlahomer le agregó muchas arrugas a su frente. Había perdido a toda su descendencia en la construcción de la ciudad. Y Sirah, &lt;br /&gt;la única mujer que alguna vez le satisficiera, vagaba, convertida en mendiga, conviviendo con las alimañas. A pesar de todo ello, él había cumplido su objetivo: Jericó existía, de nuevo. Un oscuro rincón de su alma había quedado en paz. &lt;br /&gt;      Ordenó que se realizara una semana de festejos. Al final de ellos, dejó inaugurada oficialmente la ciudad, de la cual se proclamó Padre Supremo, Sacerdote y Rey. &lt;br /&gt;      Fue entonces que Sirah regresó. Como en los mejores tiempos, dio su cuerpo a las esclavas para que lo hermosearan. Había sido desposada a los trece años por Codorlahomer; ahora, a los treintaiuno, alcanzaba la plenitud de su belleza. El exquisito perfume de la mirra la precedió en el aposento real. &lt;br /&gt;      El Dueño de Jericó la recibió alborozado, y ordenó a los guardias que hasta su llamado, nadie los molestara. Cuando Sirah se quitó las livianas vestiduras, el deslumbramiento del rey le impidió ver un raro objeto que la mujer, con disimulo, depositó junto a la cabecera del lecho. &lt;br /&gt;      El vino de Sidón, las pasas de Sefela, hicieron su efecto, y el rey, luego del incomparable apareamiento, quedó hondamente dormido. Entonces la madianita cumplió su comisión. &lt;br /&gt;      Lo hallaron dos días después, cuando se atrevieron a entrar. Una procesión de moscas recorría su rostro ya hinchado y de su pecho, a la altura exacta del corazón, se elevaba atroz el mango labrado del puñal. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;      Codorlahomer era hijo de Surisaday; Surisaday era hijo de Quenaz; Quenaz era hijo de Ohlibamá; Ohlibamá era hijo de Us, el que fuera pastor de ovejas en los Llanos de Moab. Codorlahomer era tataranieto de Rajab, la prostituta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;      &lt;em&gt;Fernández, 25 de julio de 1988.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;      * Josué, 6, 26&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/10798998-110825382360406658?l=juliocarreras-cuentos.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/feeds/110825382360406658/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=10798998&amp;postID=110825382360406658&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/110825382360406658'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/10798998/posts/default/110825382360406658'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://juliocarreras-cuentos.blogspot.com/2005/02/jeric.html' title='Jericó *'/><author><name>Julio Carreras</name><uri>https://profiles.google.com/102613398769440684916</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='//lh5.googleusercontent.com/-V2EMWaLI-yI/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAKGA/1P9YRKv4WZ8/s512-c/photo.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
